En corto

La taberna culpable

La terraza de un bar en tiempo de pandemia La terraza de un bar en tiempo de pandemia

La terraza de un bar en tiempo de pandemia / M. G. (Sevilla)

Me viene a la memoria una frase del poeta y músico brasileño Vinicius de Moraes quien decía: “En este momento todos los bares están llenos de hombres vacíos”. Pudiera ser que el trovador carioca quisiera mostrarnos a la taberna como un desguace de personas. Que la barra del bar fuese una suerte de espigón de almas naufragadas. Vinicius no ha vivido lo suficiente para tener que ver las tascas vacías por mor del virus maldito. Y es que las otrora “barmacias” de guardia donde sanar la soledad y la frustración, las penas y los fracasos, están pagando como pocos el pato de la pandemia en toda su crueldad. Nadie se libra del desgarro personal o económico del virus, pero la hostelería arrastra, además de las consecuencias pecuniarias, el estigma oneroso de la culpa. No entro a discutir si el mostrador es un foco de infección o no que para eso hay expertos en comité que lo avalan, pero lo cierto es que hablar, beber, comer y reír en reunión se ha convertido en algo cercano al delito arrostrando el tabernero toda la carga del pecado y la responsabilidad. Si las penas con pan son menos, sin vino son mucho.

El cierre de la hostelería ha supuesto para el sector un cataclismo del que no se repondrá en plazo corto y al que ninguna administración ha acudido a socorrer apropiadamente, en plena sociedad del subsidio y las ayudas. Las medidas de distanciamiento e higiene contravienen específicamente el espíritu del roce que supone el ambiente tabernario. Los codos no se hicieron para saludar sino para estar apoyados en un mostrador como punto de apoyo donde mover Jerez y Sanlúcar al remedo de la teoría de Arquímedes en tono moyatoso. Beber, hablar, reír, besar y vivir que son verbos de esas academias de la lengua que eran nuestros garitos en su plenitud hoy están perseguidos por culpa de la calamidad. Ojalá pronto sea efectiva una vacuna que nos permita volver a la bendita maldición de los bares de copas donde no haya otro riesgo que no sea el caer enfermos de la pandemia del amor y la epidemia de la felicidad.