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Sinfonía inmemorial

  • Atalanta recupera en una nueva y espléndida edición revisada la monumental tetralogía en la que Joseph Campbell defendió la vigencia de los mitos universales de la humanidad.

El norteamericano Joseph Campbell (1904-1987) fue uno de los grandes mitólogos del siglo XX. El norteamericano Joseph Campbell (1904-1987) fue uno de los grandes mitólogos del siglo XX.

El norteamericano Joseph Campbell (1904-1987) fue uno de los grandes mitólogos del siglo XX. / el día

Incorporada al heterogéneo imaginario cultural del que se alimentaron los apóstoles de la Nueva Era, una confusa amalgama en la que convivían la sensibilidad neopagana, el pensamiento mágico, el esoterismo o la mística, la magna obra de Joseph Campbell fue muy leída durante la segunda mitad del siglo XX e hizo de su artífice, dotado de una innegable capacidad para la divulgación, una figura popular más allá del ámbito académico. Convertido en un sabio venerable, el mitólogo norteamericano llegó a ser una de las referencias mayores para quienes reivindicaban la espiritualidad frente a la visión materialista del mundo o proponían alternativas al racionalismo de la tradición occidental, en unos momentos en los que la supremacía de sus valores -o mejor dicho de sus valores más difundidos- estaba siendo cuestionada desde varios frentes. Décadas después, podemos distinguir las aportaciones realmente valiosas de la calderilla generacional y no hay duda de que la contribución de Campbell, por lo demás sólidamente argumentada, mantiene una vigencia esencial en lo que se refiere a la importancia del mito como vehículo de conocimiento de la condición humana y al sustrato compartido por todas las culturas desde los tiempos más remotos.

Dos trabajos en particular destacan en su formidable trayectoria: el inaugural El héroe de las mil caras (1949), donde empleaba el término 'monomito' -tomado de Joyce, al que Campbell había conocido en París- para definir el patrón básico o los rasgos comunes a la mayoría de los itinerarios heroicos, y la tetralogía, complementaria del anterior y movida por una misma voluntad abarcadora, Las máscaras de Dios (1959-1968), en la que trazó un recorrido por las evoluciones del repertorio mítico universal a partir de motivos primordiales que han sido incesantemente reformulados desde que aparecieron por primera vez en las comunidades prehistóricas. Rescatada por Atalanta, sello que tiene en su catálogo otras obras de Campbell comoImagen del mito, la postrera -última que publicó en vida- Las extensiones interiores del espacio exterior o la recopilación póstuma Diosas, que de algún modo respondía a quienes habían reprochado al autor su desproporcionada atención a las figuras masculinas, esta propuesta de "historia natural de los dioses y los héroes" es ya un clásico que en la presente edición recoge el texto revisado por la Joseph Campbell Foundation para adecuarlo al estado del conocimiento en campos como la arqueología o la paleontología, una actualización especialmente necesaria en el primer volumen dedicado a la Mitología primitiva.

Figura popular más allá del ámbito académico, el mitólogo americano conoció a Joyce en París

Como expone ya en el preámbulo, la obra de Campbell se sustenta en una convicción profunda que apunta a "la unidad de la raza humana, no sólo en su historia biológica sino también en la espiritual, que por doquier se ha desarrollado a la manera de una única sinfonía" cuya entonación varía en función de la procedencia geográfica -los volúmenes segundo y tercero analizan las mitologías orientales y occidentales- o de la mayor o menor antigüedad -de la pervivencia y continua recreación se ocupa el cuarto, ya centrado en la edad moderna- sin que el fondo de la música, consustancial a la especie, se salga de unos esquemas que pueden ser descritos por el método comparativo e interpretados gracias a las enseñanzas de la psicología. Su planteamiento es claramente deudor del marcado por Frazer en La rama dorada, pero bebe igualmente de la noción del inconsciente colectivo de Jung -tan fecunda en tantos terrenos- y aprovecha los datos y las intuiciones aportados por las disciplinas citadas u otras como la filosofía, la antropología o la historia de las religiones. El interés del mitólogo, como contaba él mismo, se remontaba a su fascinación de la niñez por los pueblos indígenas americanos.

Buceando en el insondable "pozo del pasado", dice con palabras de Thomas Mann, Campbell inquiere el "horizonte primigenio de la humanidad" y encuentra el rastro de símbolos que aparecen y se mantienen en tradiciones locales muy alejadas, sea por transmisión directa o indirecta o por el desarrollo paralelo de ideaciones similares. Su mirada abarca el planeta entero a lo largo de decenas de miles de años, desde los cazadores y los plantadores primitivos al nacimiento de la civilización en el creciente fértil, donde comienza la historia propiamente dicha. Habla todo el tiempo de ciencia, pero no rehúye las categorías sapienciales de las creencias que aborda y en última instancia las relaciona no con sistemas perecederos -de ahí que nos sigan interpelando- sino con el sagrado interior de las conciencias. Los mitos, los rituales, las religiones son metáforas de la divinidad que lo es a su vez, una y múltiple, de la maravillosa diversidad humana, entendida desde una perspectiva que ve en este carácter plural, pero reducible a historias y arquetipos recurrentes, un reflejo de su cualidad única.

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