aniversario

ETA se resiste al jaque mate

  • La organización terrorista insiste en negociar con los gobiernos francés y español antes de proceder a su disolución y entregar las armas. La misión imposible es conjugar las demandas de víctimas y presos.

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Una vez más vuelven a verse las caras el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la razón, con ETA moribunda desde hace un año, cuando decretó el cese definitivo de la violencia, haciendo oídos sordos al clamor por que se disuelva y entregue sus arsenales, la ansiada prueba del algodón de que su viaje a la nada es irreversible.

Así lo consideran la mayoría de expertos, que este proceso de descomposición de la organización terrorista ya no tiene vuelta de hoja. Desde agosto de 2009 no ha vuelto a matar a nadie en España y su última víctima mortal fue un gendarme francés, en marzo de 2010.

Agotada por una presión policial que no levanta del todo el pie del acelerador, con 26 detenciones desde la declaración del cese definitivo de las "acciones armadas", como rezan eufemísticamente los retóricos comunicados -la opacidad me ha dado gloria, decía Góngora- de la dirección de ETA, que en mayo sufrió la baja del enésimo jefe militar, Oroitz Gurrutxaga, otro elemento más en la nómina de 550 reclusos de la banda, repartidos en 48 prisiones españolas, a los que se suman otros 140 en Francia.

Los presos son la gran razón de ser de la eternización del proceso de disolución y entrega de las armas. Es precisamente este terreno el único en el que el Gobierno de Mariano Rajoy parece dispuesto a hacer algún tipo de concesión, guiño, gesto (póngale el eufemismo que quiera) a ETA, con acercamientos más o menos numerosos. Por ahora no hay nada que rascar. El EPPK (el colectivos de presos de la banda) reclamó en verano mediadores internacionales ante el "bloqueo" que impone, dice, la "perversa estrategia" de los gobiernos de Madrid y París, a los que ETA reclama una interlocución, aunque ambos reiteran por activa y por pasiva que no hay nada que hablar con el moribundo más allá de dónde y cuándo se desarmará.

El Gobierno ofrece a los reclusos un Plan Integral de Reinserción para que cumplan su condena en cárceles vascas si reniegan de la banda sin que sea necesario pedir perdón a las víctimas, pero ha sido recibido con escaso entusiasmo.

Para dar la puntilla a ETA hay que armarse de paciencia. Cabe reseñar que un proceso similar se dilató siete años en Irlanda del Norte, ese espejito en el que no deja de mirarse la izquierda abertzale por infundada que sea cualquier analogía con Euskadi. La paz se selló formalmente el 10 de abril de 1998 con el llamado Acuerdo del Viernes del Santo, aunque la orden del IRA a todas sus unidades de que se deshicieran de sus arsenales se hizo de rogar hasta 2005. Y tuvieron que pasar otros tres años para que el Gobierno británico diera por concluido el proceso. Y a día de hoy -otro dato demoledor- el IRA tampoco ha anunciado su disolución.

No, ETA no va a desaparecer de la noche a la mañana. Ni se evaporará así como así el dolor por los centenares de muertos, mutilados, heridos, amenazados, extorsionados o exiliados en los últimos 40 años. En esta curva nos topamos con el otro gran protagonista de esta película, las víctimas, que ni perdonan ni olvidan en su inmensa mayoría y están ojo avizor a cualquier concesión, guiño o gesto para con los verdugos. La AVT, mayoritaria, reclama "voz y voto" en la política penitenciaria y un desenlace con "vencedores y vencidos". Los más radicales, Voces contra el Terrorismo, de Francisco José Alcaraz, corean ripios nefandos como "Rajoy es tan traicionero como Zapatero" o "Rajoy veleta, ¿qué le debes a ETA?". La respuesta la ofreció el propio presidente del Gobierno, cuando espetó a Amaiur: "Yo a ustedes no les debo absolutamente nada, ni yo ni la sociedad española, que es la acreedora".

Ahí está el arma de doble filo, el filón de votos de las nuevas marcas electorales de Batasuna, que se erigen como artífices de la paz porque ETA paró haciendo de la necesidad virtud. El gran mérito del camandulero binomio es el de acompasar su estrepitosa derrota policial con una gran victoria política, regresando a las instituciones por la puerta grande y exigiendo a la otra parte, los demócratas de toda la vida, pasos para salir del barro y consumar el fin de ETA. La crueldad es la fuerza de los cobardes y los pretendidos apóstoles de la pacificación que daban cobertura a los asesinatos, victimarios mutados en víctimas, nunca podrán saltar de su sombra, menos sin asomo de arrepentimiento.

En el retrovisor lucen dos hitos en la lucha contra ETA: el asesinato de Miguel Ángel Blanco en 1997 y el que nos ocupa. El primero sacudió el miedo de la sociedad vasca y española, con concentraciones ante las sedes de HB y ertzainas a cara descubierta, un rechazo al terrorismo que algunos confundieron interesadamente con antinacionalismo, lo que llevó al Pacto de Lizarra, esa entente PNV-Batasuna que alumbró esa tregua-trampa de 1998 que luego procuró réditos electorales históricos a la izquierda abertzale. El segundo, el "cese definitivo de las acciones armadas" anunciado hace un año, sigue enfangado en el inmovilismo. Para colmo, este aniversario coincide con la fase final del debate en el seno de la banda sobre su futuro. La agencia Vasco Press informó ayer de que la ponencia base condiciona, erre que erre, "el final definitivo de la confrontación armada" a una negociación con Madrid y París (presos, desarme y salida de las Fuerzas de Seguridad y del Ejército de Euskadi), y de que ETA descarta su disolución y plantea su continuidad como organización clandestina ante la "nueva fase política".

ETA está perdida en su delirante propaganda. Y ha perdido. Y sigue ahí, pero se despeña entre las grandes preocupaciones de los españoles. Si en 2000 era la primera para el 80%, según el CIS, el porcentaje actual es una caricatura: un 1,1%. Cómo hemos cambiado. La Guardia Civil interceptó el 2 de abril de 1990 en Santiponce al etarra Henri Parot con una furgoneta con 300 kilos de explosivos. Ayer intervino en Sevilla otra furgoneta. Con 324 kilos de merluza inmadura. La crisis. Por ahí van ahora los tiros.

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