Cultura

Fernán-Gómez: el hombre tras el genio

Al cine, aquí, se llega de manera indirecta, pero la iluminación, por ello, no se produce de manera menos intensa. Se trata de escuchar al Fernando Fernán-Gomez humano, demasiado humano, quien, con el pie en el estribo -se trata de una charla que remite a la pragmática del polémico espacio televisivo Epílogo: entrevistas para emitir póstumamente- se permite ser todo lo políticamente incorrecto que le pide el cuerpo: fue de derechas hasta que la España de posguerra le demostró la cruda realidad; nunca creyó en la amistad de hombres y mujeres, buscando en éstas belleza antes que cualquier otra bondad; siempre pensó que el alcohol proporcionaba la mejor inyección de felicidad a la vida, mucho más que una subida de sueldo...

Se trata, claramente, de un español hablando. Y las opiniones descarnadas de este tímido que se defendía a exabruptos nos vuelven a hacer pensar en la mejor tradición sainetesca y esperpéntica de nuestro cine, ese trazo que, dialogando con la cultura española (literaria, pictórica, musical...), criticaba con saña la realidad a través de películas divertidas y severas. Fernán-Gómez filmó, de 1956 a 1965, El malvado Carabel, La vida por delante, La vida alrededor, El extraño viaje o El mundo sigue. Berlanga Calabuch, Los jueves...milagro, Plácido y El verdugo. Bardem Calle Mayor o Nunca pasa nada. Buñuel, otra vez aquí, Viridiana. Éste fue el cine que se intentó tapar con la operación gubernamental denominada Nuevo Cine Español: un cine joven al que después también se dejaría colgando. Aunque no se nombre en la película, nada hagiográfica u ombliguista, es esa herida la que terminó de desangrar al cine español, una cinematografía de pocas luces y muchas sombras, por más que, como dice con gracia Fernán-Gómez, no dejemos de intentarlo.

La cámara en La silla de Fernando, que, con escasas excepciones -varias fotos y secuencias de películas-, no se desprende del rostro del hombre que habla, introduce otro tema, éste de cara a lo registrado y no al que registra: su cuerpo avejentado, la escasa preocupación por el aliño, el rítmico sorbo de whisky o agua, nos remite a la concepción, debida a Serge Daney, del cuerpo como memoria del cine. La rima, ahora, atrapa a una de sus grandes actuaciones, aquélla donde resonaban todas las demás, pues casi nunca Fernán-Gómez estuvo tan taciturno. Fue haciendo, curiosamente, de Fernando en El espíritu de la colmena. Erice conocía de sobra la máxima daneyana, y sabía que sólo enseñando su pelo pelirrojo y su figura desaliñada añadía a su exilio el del mejor cine español.

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