Minimalismo y óptica perversa

Definitivamente PlayStation 3 se sube al carro de la vanguardia. Tras comprobar por Xbox 360 que títulos como N+ y Rez HD tienen verdadera aceptación entre sus usuarios, y probar suerte con el excelente shooter abstracto Everyday Shooter, demuestra con Echochrome que la gramática del videojuego está aún por inventar. Y es que nos encontramos nada menos que ante la perturbada paráfrasis de los universos imposibles de Maurits Cornelis Escher en nuestras pantallas de nueva generación. Con el protagonismo minimalista de un maniquí y la definición esquemática de diversos objetivos en forma de almas que debemos recoger a nuestro paso, visitaremos diferentes maquetas, espacios de cada fase que habremos de sortear jugando con fenómenos ópticos como la percepción multiestable o la traslación subjetiva. Verdadero rompecabezas cuya dificultad emana principalmente del tratamiento bidimensional de escenarios elaborados en tres dimensiones, la creación de Jun Jujiki toma las conclusiones del matemático Roger Penrose a partir del triángulo imposible ideado por Reutersvärd, para colocar a los jugadores en situaciones que jamás antes habrían vivido, como no fuera en la contemplación de un puzle en el apartado de pasatiempos de la revista American Scientist. Y esta fórmula pionera, no contenta con emular semejantes coordenadas únicamente explicables en términos matemáticos, lo hace añadiendo una vuelta de tuerca, al invitar al usuario a moldear por sí mismo ilusiones ópticas, a fabricarlas sobre la marcha para planificar la búsqueda de sus objetivos.

No queda ninguna duda de que la nueva de Sony, para desconcierto de quienes desconfiaban de lo exiguo y embrionario de su catálogo de juegos magistrales, ha dado un paso más allá en la invención de universos jugables. Pocos títulos pueden transmitirnos la certeza de estar viviendo un momento histórico en la evolución del medio; y jamás una consola ha conocido concepto tan extraordinariamente complejo y al mismo tiempo adictivo, como el que hoy nos ofrece la fantasía lunática de Echochrome.

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