Terapia de pareja

Dice Borges que en la decadencia de la épica se refleja la decadencia de la época. El amor, no cabe otra, es épica. Otra cosa es el desamor. Y Rafaela (quiero decir, su personaje, claro) se pone lúbrica con el desamor, que es cuando el espectáculo cobra emoción. Por eso el título debiera haber sido Del desamor ... Porque es una obra sin lujuria: ¿se imaginan el amor sin ella? Una obra perfectamente esterilizada, digerible por tanto en todas las latitudes decadentes. Le auguro larga vida, como espejo que es. Es raro que hayamos renunciado a lo mejor de nosotros por lo peor de los otros. Porque Rafaela es una de las grandes bailaoras de nuestro tiempo. La obra contiene un regalo de Jesús Torres a la Carrasco, una agradable costumbre, en este caso en forma de rondeña: he ahí que el espectáculo remonta el vuelo. Lo demás es un paseo por las nubes. Reconozco mi intolerancia con la pedantería. El vestuario juega al ingenio, estomagante cruz de nuestro panorama escénico. Casi todo es superfluo, tanto en la puesta en escena como en la escenografía: los músicos entran y salen como fantasmas y sus coqueteos con los móviles resultan irritantes, al margen de que nos distraigan de lo que vale. A veces la obra es La mujer y el pelele (Rafaela se asigna el papel menos desagradecido, lógicamente). Queda la rondeña y la dulce melancolía de septentrión. ¡Con lo que nos costó llegar a la desnudez, al mono!

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