El siglo transeúnte

Resumiendo mucho, podríamos decir que el 27 es el producto de la Institución Libre de Enseñanza y el relámpago de las vanguardias que sacude Europa. Por una parte, pues, el fruto de una pedagogía inexistente en España; y de otro lado, la quemazón, el ensalmo, la artillería vibrátil que viene de la Europa vanguardista y el loco discurrir de la entreguerra. No en vano, muchos de los integrantes del 27, de aquellos mozos traídos en tren al Ateneo sevillano, son o serán profesores universitarios, encorpachados de saberes clásicos, que luego pastorean y divagan sobre el torso juvenil de la poesía del XX. Ortega, por aquel entonces, hablaba ya de la deshumanización del arte. Sin embargo, lo que venía, lo que traían estos muchachos con terno y pajarita, era una humanidad otra, electrificada por la oscuridad de las pasiones e infantilizada por el juego, por la metáfora, por un vértigo nuevo y caudaloso: el vértigo de la ciudad y el hombre, el dialecto y la urgencia de las máquinas.

El 98, todavía, nace lastrado por la agonía de España, por el sepulcro del Cid y el renovado espejear de El Greco, que descubren Bartolomé Cossío y otros cuantos conjurados con capa y lucernas. El 98 es otra vez la conquista de Castilla, de su aridez, más el empuje metafísico de viejas razas fatigadas por la molicie. Ahora bien, de aquel ideal salubre de Giner de los Ríos, del magisterio de Unamuno, de Machado, del bárbaro Valle-Inclán, va a salir una generación burguesa, viajada, estudiantil, con el interludio de Ortega, de D'Ors, de Juan Ramón Jiménez, que trae la poesía y el pensamiento como flor única y bivalva, lo uno apoyándose en lo otro, y ambas, la lírica y la idea, escandidas con naturalidad en una poesía continental, amatoria, novedosa y frenética. Alberti, Cernuda, García Lorca, Salinas, Aleixandre, Miguel Hernández, Bergamín, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, etcétera, despliegan sobre el siglo, sobre un siglo feroz y transeúnte, no sólo el hervor de lo inconsciente ("Están los viejos cuchillos / tiritando bajo el polvo", escribió Lorca), sino el arte como juego, como portentosa bagatela y hondísima frivolidad donde el hombre, el homo ludens de Huizinga, se encuentra nuevamente consigo mismo. Así pues, frente a la gravedad contrastada, frente a la amargura del 98, nace este espumear alegre de las vanguardias, que viene a cobijarse bajo la sombra culteranista y lúdica, el idioma como campo de batalla, como esgrima infinita, de don Luis de Góngora. He ahí la foto, diciembre del 27, prefigurando ya los versos de Miguel Hernández: "Algún día/ se pondrá el tiempo amarillo/ sobre mi fotografía".

Todo esto, como nadie ignora, se lo llevó la guerra por delante, bien en forma de exilio, bien en forma de imposibilidad para reconstruir una generación, un milagro, una altura poética, que nos equiparaba, por primera vez, con el resto de Europa. Aquellos estudiantones se dispersaron por geografías remotas o por tumbas orilleras, y el resultado fue que España malbarató su inusitado esplendor en una ordalía de sangre. ¿Qué hubiera ocurrido con el 27 de no mediar la guerra? Ahora es imposible, si no ocioso, imaginarlo. Más que el culteranismo gongorino, el 27 fue un conceptismo alegre y erudito sin la aspereza y la amargura de Quevedo. Sin Ortega, no se entiende esta súbita floración del genio. Pero sin Quevedo, sin su descarnado magisterio, no podemos comprender el espantoso final, el dispendio de hombres liminares y voces egregias, "polvo serán, mas polvo enamorado", en esa hora de España.

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