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pilar larrondo

Y no caduca la primavera

La primavera, la sangre altera. Después de meses sumidos en una atmósfera con unas temperaturas que propiciaban la hibernación colectiva, los termómetros dan tregua e invitan a lanzarse a las calles. Las hormonas despiertan del letargo y todos somos más felices. Al ascenso de temperaturas que trae consigo la primavera hay que sumarle las incontables festividades que en los meses sucesivos se dan en Andalucía. Calor, celebraciones y feromonas provocan lo inevitable: los primeros amores de primavera.

Similares a los de verano, sobre todo por su intensidad, los amores primaverales son todavía más fugaces. Al olor de los primeros naranjos florecidos comienzan a brotar las pasiones primaverales. Tímidas, inocentes -casi infantiles- y espontáneas, éstas empiezan su idilio con la primera procesión de Semana Santa que pisa la calle. Entre cornetas y tambores se suceden las miradas furtivas. Las bullas y el miedo a perderse provocan los primeros agarrones de manos; el fresco de las noches regala algún que otro abrazo y préstamos de chaquetas que luego no se devuelven. El silencio de una plaza mientras un palio se pierde entre la noche suscita que ella deslice tímidamente la cabeza sobre el hombro de él, como si llevaran haciéndolo dos mil primaveras. La compañía se busca bajo cualquier pretexto; ver la Macarena en la calle Parra o la entrada de la Amargura. El eterno olor a incienso y azahar crean el clima adecuado, sólo hay que dejarse llevar. Se olvidan los dolores de pies, las ganas de beber agua e incluso hasta la necesidad de alimentarse.

La Semana Santa deja las mejores estampas sentimentales de todo el año. Tal vez si no las ha visto, quizás las haya vivido. Ésta que hoy termina quizás haya estado repleta de ellas; de jóvenes que se han enamorado a golpe de tambor y corneta y que ahora comienzan el idilio fugaz a la espera de un nuevo encuentro. Tal vez toque esperar a la siguiente festividad, a que la música la pongan guitarras y el calor de una sevillana funda los cuerpos en uno. Porque en la fugacidad de la primavera -que caduca con más premura que los yogures-, esperar entre las flores, como si el tiempo en realidad nunca se fuese a marchitar, se antoja la más dulce de las esperas.

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