La Sevilla del guiri

John Julius Reel

Abrirme otra vez los ojos

CUANDO llegué a Sevilla hace casi cinco años, era justo antes de Navidad, y está grabada en mi mente la imagen de los naranjos a lo largo de las avenidas principales, la fruta como adorno, y en las ramas colgando pequeñas luces azules. Me recordó una anécdota que me contó una vez mi abuela, criada en EEUU durante la Gran Depresión, que en unas Navidades de su infancia su único regalo fue una naranja, y a la que, después de que no mostrara a su familia suficiente gratitud, su padre le dio una guantada. Vaya ironía, pensé, podía yo ir a la frutería de al lado y, por solo un euro, comprar cinco kilos de las naranjas más dulces del mundo.

Estos días, no veo los naranjos, o mejor dicho, los veo sin verlos. Las naranjas caídas, sí, las veo. Pienso que van a atraer a las ratas si no viene pronto Lipasam para recogerlas.

Está cambiando mi manera de ver las cosas. Durante un tiempo, al ver volando alrededor de la catedral las palomas blancas, pensaba en la paz, en Juan Pablo II y en el Espíritu Santo. Ahora las veo igual que las palomas grises, "ratas con alas", como suelen decir en mi ciudad nativa.

Durante un tiempo, al ver a los hinchas del Sevilla FC, sus bufandas rojas y blancas atadas a sus muñecas, confluyendo hacia el Ramón Sánchez Pizjuán, sentía orgullo por vivir en una ciudad con tanta ilusión y fidelidad por su fútbol. Ahora, cuando está jugando el Sevilla FC en casa, me resiento por el montón de tráfico y la falta de aparcamiento en mi barrio.

Hace tres años, tomando algo en uno de los cafés de Sevilla, consideraba a la gente hablando parte de la música de Andalucía. La escuchaba para acostumbrar el oído, para aprender nuevas palabras y locuciones. Ahora, como en mi propio país, intento no oír por casualidad las tristezas y tonterías de los demás.

¡Qué pena que, después del periodo idílico, siempre sea más fácil estar cínico y cerrado! Anhelo andar otra vez por las calles de Sevilla con energía y alegría, sin prejuicios ni prisas. Se dice que no vemos la realidad al principio, que todo es una fantasía, pero me siento más ciego ahora que antes.

Si no, cómo se explica que la primera vez que vi el muro del Alcázar tuviera que acercarme y tocarlo para asegurarme de que no era cemento pintado, como en Disneyworld; y estos días, cuando tengo que pasar por el Alcázar, mantengo mi cabeza agachada para evitar que una gitana, confundiéndome con un turista, intente venderme romero.

Si no estoy más ciego ahora, cómo se explica que la primera vez que seguí el camino tan estrecho entre la Plaza de la Alfalfa y la Puerta de la Carne, con los edificios inclinándose sobre mí, me diera igual que nunca más pudiera salir de este laberinto que parecen las calles del centro; y estos días, cuando ando este camino, uno de los pocos del centro que ya no es peatonal, mi única preocupación es sortear a los turistas con sus mapas, sin que me atropelle un taxi.

Si no estoy más ciego ahora, cómo se explica que la primera vez que vi la ruina del acueducto romano, desde la ventana del autobús 24, meditara sobre su uso cuando andaba por la tierra Jesús Cristo; y ahora, cuando cojo el 24 para ir a casa, si da la casualidad que aparte la vista de mi libro o mi periódico, el acueducto no es nada más que el signo de que por fin hemos dejado atrás el tráfico del centro y sólo queda la bulla de Nervión para mosquearme.

Irónicamente, lo que me dio motivo para escribir este artículo fue una charla sobre mi ciudad natal. Una alumna mía acababa de volver de su luna de miel en Nueva York. Le pregunté las tres cosas más bonitas que había visto allí. Me dijo la nieve, las multitudes de compradores durante las Navidades y las ardillas que comieron de su mano en los parques. Para mí, cuando vivía allí, todo lo que me mencionó ella era una molestia. La nieve hacía mi viaje al trabajo dos veces más largo, los compradores hacían las calles dos veces más ajetreadas y las ardillas eran animales nocivos que invadían los áticos de las casas de mi barrio, haciendo imposible que las personas dentro se durmieran.

Gracias a ella, recuerdo que la nieve puede transformar una dura y clamorosa metrópoli en un suave y silencioso parque de diversión y que los compradores, con sus bolsas de vivos colores y su forma animada de andar, pueden dar un toque festivo y alegre a una ciudad demasiado avariciosa y competitiva, y que las ardillas, siempre que se limiten a vivir en los parques, pueden dar una pizca más de magia.

Supongo que todos deberíamos ver la ciudad en la que vivimos como un extranjero en su luna de miel.

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