La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Ascensión y Alberto: ni olvido ni perdón

No sabíamos cómo consolarnos los unos a los otros, qué hacer, adónde ir aquella mañana gris y helada

El asesinato de Alberto Jiménez Becerril y Ascensión García Ortiz el 30 de enero de 1998 representó para Sevilla -o al menos para la mayoría de los sevillanos- lo que el de Miguel Ángel Blanco para España -o al menos para la mayoría de los españoles- seis meses antes, el 13 de julio de 1997. La mayoría de los españoles se sintieron tan conmocionados por el asesinato de Alberto y Ascensión como los sevillanos por el de Miguel Ángel. Pero nadie lo sintió tanto como nosotros. Dejémonos de esas generalizaciones hipócritas que pretenden que todo se sienta con la misma intensidad. Lo próximo siempre duele más. No es lo mismo dar un pésame que recibirlo. Y aquel 30 de enero sentimos esas muertes como algo propio, familiar, nuestro. No sabíamos cómo consolarnos los unos a los otros, qué hacer, a dónde ir aquella mañana gris y helada en la que el frío interior era mucho mayor que el que marcaban los termómetros.

La muerte cruelmente anunciada de Miguel Ángel fue honda y traumáticamente sentida por la mayoría -insisto: por la mayoría, no por todos- de los españoles como una tragedia nacional. La de Alberto y Ascensión fue también una tragedia nacional, pero sobre todo nuestra. Eran nuestros vecinos, era nuestro representante municipal, eran amigos de muchos de nosotros o de nuestros amigos, sus hijos dormían a pocos metros de la calle en la que fueron asesinados. Una calle tranquila y antigua que sólo se sobresalta con un feliz e inusual ir y venir el 15 de agosto y durante la Semana Santa.

En ambos casos me refiero a las mayorías porque hubo y hay minorías, que en el País Vasco no lo son tanto aún hoy, que entonces aplaudieron los asesinatos y hoy los profanan igualando víctimas y verdugos o pretendiendo que se perdonen y olviden. En mi caso, ni olvido ni perdono. Y me es indiferente que haya o no arrepentimiento. Arrepentirse, cosa que no hace la mayoría de los asesinos y de sus cómplices políticos, no devuelve la vida a los muertos, los hijos a los padres o los padres a los hijos. Y es frecuente que se le utilice para coaccionar a las víctimas, forzándolas a otorgar el perdón y, de no hacerlo, tachándolas de rencorosas, vengativas, enemigas de la paz y anticristianas. El asesinato de Miguel Blanco marcó un antes y un después en la lucha contra ETA. El de Alberto y Ascensión lo marcó, además y sobre todo, en nuestras vidas como sevillanos.

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