la ciudad y los días

Carlos Colón

Avanzar hacia atrás

HAY formas de ir hacia delante que llevan hacia atrás. Unas tienen que ver con un concepto erróneo de progreso bárbaramente tecnificado y depredador. Se manifiesta en el desarrollismo salvaje, la explotación de los recursos naturales que someten el bien común presente y futuro al beneficio inmediato, las agresiones urbanísticas o industriales al medio ambiente o la creación de hábitats urbanos inhumanos o el encarnizamiento terapéutico. Otras reaccionan contra lo anterior con un rechazo irracional y hasta fanático de los bienes que el desarrollo tecno científico procura. La costa de los mosquitos de Paul Theroux relata uno de estos casos y los periódicos nos dan noticia de ellos.

Una de las últimas ha sido que Europa ha retrocedido una década en la lucha contra enfermedades como el sarampión y la rubéola. Casi erradicadas a finales del siglo pasado, hoy vuelven a conocer brotes epidemiológicos. El caso español es significativo: de sufrir sólo dos casos de sarampión en 2004 se ha pasado a más de 1.300 en lo que va de año, cinco veces más que en todo 2010. Para nuestra desgracia Andalucía es la región más castigada por este rebrote de enfermedades casi erradicadas, con 541 casos de sarampión; y Sevilla, su desdichada punta de lanza: el Sistema de Vigilancia Epidemiológica de la Junta ha detectado en lo que va de año en la provincia de Sevilla 1.085 casos de sarampión, después de cuatro años sin ningún caso.

Tiene que ver con este fenómeno el aumento de grupos de población con riesgo de exclusión social: más de dos millones de personas en España no tienen ingresos suficientes para comprar alimentos a diario. Pero también tiene que ver el fanatismo anticientífico de los grupos antivacunas. Como ha alertado el Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades, no cesa de aumentar el número de quienes, por razones ideológicas progresistas y no de marginación o fundamentalismo, se niegan a vacunar a sus hijos en nombre de principios supuestamente naturalistas que rechazan las aportaciones de la farmacología.

Ante esta situación no basta, como se hace en Cataluña, con hacer firmar a los padres un documento en el que conste que conocen y asumen los riesgos a los que someten a sus hijos. Los menores tienen derecho a que se proteja su salud cuando los padres hacen dejación de sus deberes; además, al tratarse de enfermedades contagiosas, estos padres no solamente ponen en riesgo a sus hijos. Por eso está sobrado de razón el juez que, para combatir un brote en un colegio del Albaicín, ordenó que se vacunara a unos niños cuyos padres se negaban a hacerlo.

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