EL POLIEDRO

José Ignacio Rufino

Los que tienen más

DIRIGIDA por una cigarra o por una hormiga, la economía de cualquier casa o familia es teóricamente fácil de gestionar. Cuidado, no hablamos de una economía insostenible, en la que los gastos y pagos superan  continuamente a los ingresos y cobros, y que además no tiene acceso al crédito, sea porque uno ya ha consumido su capacidad de endeudarse, sea porque los bancos no prestan ya dinero ni a los antiguos usuarios de la alfombra roja camino del mostrador: “¿Qué tal, Paco? Mira, me vendrían bien cuatro mil eurillos, a ver si podemos hacerlo para el viernes...”. Hoy sonarían las trompetillas y las risas nasales ante tal propuesta, que sólo antes de ayer era de lo más habitual. La economía y la contabilidad del cajón no tienen secreto, decimos: sale lo que entra. Saldrá más de lo que entra si en el cajón hay un contrato de préstamo; saldrá menos de lo que entra si la familia es miradita y su financial management es postguerra style, cuyo lema es “a gastar, poquito”.

A nivel macro, o sea, de presupuestos del Estado, la cosa no varía mucho, por muchas partidas y rubros que tenga el plan financiero-fiscal de España. Si tenemos menos ingresos que gastos, financiamos los gastos: emitiendo deuda pública, aumentando el déficit presupuestario, o pagando tardísimo. El Gobierno puede y debe acudir a estos recursos, aunque eso suponga echar por tierra años de equilibrio presupuestario: no hay muchas alternativas. Eso sí, debe hacerlo con cuidado de no insuflar demasiado aire a la emergente burbuja de la deuda pública, que viene a ser como una patada a seguir en rugby; a seguir por las generaciones futuras de activos y pensionistas. José Rasputín Blanco, el astuto ministro de Fomento, ha puesto el dedo en la llaga: España gasta lo mismo que el año pasado y el anterior –o más, teniendo en cuenta las intervenciones públicas en cualquiera de sus formas, incluidos los 420 euros para según qué parado–, pero ingresa menos: menos por impuestos indirectos (se consume menos), menos por directos (por ejemplo por IVA; se gana y se intercambia menos). Menos. Las vías para gobernar este caballo loco de la crisis son recortar gastos –que de momento va a ser que no, por mucho canto al sol que se entone con la palabra “austeridad”–... o elevar ingresos por impuestos, ¿de dónde saldrá el dinero si no? Y Pepiño Blanco se ha metido con su naturalidad habitual en los huertos ajenos, en este caso en el de la etérea Elena Salgado, ministra de Economía nominal: “Los que tienen más tendrán que apretarse el cinturón para apoyar las medidas sociales”. El ministro de las carreteras abre la caja de Pandora fiscal, que contiene todos los males y los bienes del mundo presupuestario. Las respuestas no se han hecho esperar. El PP y CiU han desenfundado inemdiatamente, y advierten que tal propuesta no se refrendará en el Parlamento. Javier Arenas, en concreto, ha estado en andaluz exagerado: “Toda subida de impuestos es una agresión brutal al empleo”. Quizá mete en el mismo saco impuestos personales y societarios, no sé. Arenas enunció ayer su plan, que quizá coincida con las recetas del libro de Aznar, que no he tenido tiempo de leer: “Tres grandes recetas: austeridad en las administraciones públicas, reformas profundas  (aquí hizo Arenas una inflexión de voz, también profunda, pero no aclaró eso qué es lo que es) y bajar los impuestos”. De acuerdo sin duda en lo primero –quién le pone el cascabel al gato–; por explicar lo segundo. Lo de la bajada de impuestos, sin embargo, es sencillamente un suicidio. Para quien gobierna... 

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