Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

No de quién, hacia dónde

LA idea, de raíz orteguiana, que predica un influjo benéfico de las elites cultivadas sobre las masas necesitadas de tutela, es discutible incluso si se refiere a los países donde aquellas han existido, pero resulta del todo inaplicable a las sociedades en las que no puede hablarse de nada semejante. En todas partes la "vocación de servicio", asumida como una obligación natural por los patricios que copaban las instituciones, ha servido de coartada para la defensa de los intereses particulares de la clase dirigente. Entre nosotros, además, no pocos de sus miembros se han caracterizado por una mezcla de mezquindad, ignorancia y desidia que en efecto se ha proyectado -pero para mal- en las aspiraciones del pueblo llano.

En Andalucía sabemos mucho de individuos incapaces que han prosperado gracias a la familia, las redes clientelares y esa endogamia secular que opera tanto en el ámbito de las relaciones personales como en el de la política. Lo triste es que a la relativa decadencia de los antiguos privilegiados ha seguido la aparición de otros que con frecuencia se comportan como sus predecesores, aunque alardeen de provenir de abajo. Un linaje prestigioso no garantiza nada, por supuesto, pero tampoco la extracción humilde constituye un mérito por sí misma. Pertenecer a una familia de fontaneros, por ejemplo, o haber ejercido de electricista -como aquel ministro que pretendía colarse en las casas sin mandato judicial- no nos hace mejores ni más honrados ni aporta legitimidad ninguna añadida. Uno puede sentirse o no orgulloso de sus orígenes, pero es preferible no jactarse de ellos ni usarlos como carta de presentación, pues lo que realmente "somos" es todo lo que no tiene que ver con los orígenes.

De actualidad, como suele decirse, rabiosa, el término casta ha hecho fortuna para referirse a los integrantes de los partidos que vienen alternándose en el poder desde la restauración de la democracia, pero su uso, además de inexacto, yerra al poner el foco en una supuesta transmisión cerrada, cuando la degeneración actual es en parte resultado de lo contrario. Los partidos, de hecho, todos, han estado bien abiertos a charlatanes, trepadores, truhanes e insolventes de muy variada procedencia, y no es sustituyendo sin más a unos por otros -aunque cambiar sea lo saludable- como enderezaremos el rumbo. No nos importa, en fin, de dónde provengan los aspirantes, sino qué se proponen hacer una vez que hayan llegado.

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