La ciudad y los días

Carlos Colón

Bendito acudidero mío

Gracias a mis amigos Alfonso y Ramón Pérez de los Santos, que apuntaron a mis hijos en su cofradía para que más que amigos fueran hermanos de los suyos, recibimos en casa el boletín de la Hermandad del Museo, uno de los mejores que conozco por más limpiamente capillita y más cariñoso para con sus hermanos. Desde la hermosa acuarela de Carmen Márquez de la portada, que evoca ese gesto tan familiar de poner unas flores ante la fotografía de la imagen de nuestra devoción, hasta la última página, que da noticia del homenaje a Juan Blázquez -uno de esos hombres-estandarte que acaban por tener cara de su cofradía-, pasando por el acierto de la publicación de los Anales Fotográficos que ponen rostros y nombres a la historia cotidiana de la hermandad, leerlo es como hacer tertulia en esas dependencias a pie de capilla que tantas memorias guardan.

En este último número leo una entrevista con Manolo Toro, pregonero de la Semana Santa de 1979 y una de las voces inmediatamente reconocibles de la añorada Saeta, aquella "revista hablada de la Semana Santa" que parió Carlos Schlatter y sonaba a Centeno, a cornetas de la Centuria, al Estrella Sublime del Soria 9 de Gámez Laserna, al Amargura de la Banda Municipal del maestro Braña, al "pero empecemos ya, porque pronto la primera estará en La Campana" de Chano Amador, a los "Se dice…" de José Manuel del Castillo o a las "Saetillas" de este Manolo Toro cuya entrevista leo como si le oyera hablar. En ella, al referirse a su hermandad como "único y bendito acudidero mío", nos devuelve una bella palabra olvidada. Hay que agradecérselo porque no cabe mejor definición de nuestras hermandades.

En castellano antiguo, acudidero era, como escribe Fray Pedro de San Buenaventura, un "lugar do acuden muchos a algo" llamados por el amor humano -"eres el acudidero de mis ojos"- o por el amor divino; porque ir al acudidero de nuestra devoción "es açertar" en esa jornada del alma a Dios" que es la vida.

Y casi más hermoso aún, por más del Museo, es este otro sentido de acudidero: lugar a donde van a parar las aguas o canal de alimentación del pozo que recoge el agua de lluvia. Puede decirse así que, si para Manolo Toro su hermandad es el acudidero al que su corazón le lleva y la Virgen de las Aguas es el acudidero de sus ojos, para Sevilla son el acudidero que recoge las únicas aguas que quitan la sed de consuelo, de sentido y de ternura: las que manan, purísimas, del rostro de esta Inmaculada Dolorosa que parece modelada y vestida, no por las manos de Cristóbal Ramos, de Paco Santos o de Manolo Caballero, sino por las de Murillo.

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