Análisis

Francisco A. Gallardo

Bolígrafo en condicional

UNA aparición en prime time en La 1 de TVE, a escasos días del atracón navideño que pondrá las elecciones a la vuelta de la esquina, es un bombón para cualquiera. Sería de torpes no aprovecharlo. Javier Arenas acudía anoche a las pantallas sarkozy perdío, feliz, suelto, convencido de sí mismo, en busca de titulares de ensueño, sin herir con veneno viperino y reiterativo con su memoria histórica: la petición de una oportunidad tras 25 años de Junta socialista. Jo, el especial en televisión de aquella primera vez que ganó el PSOE lo presentó María José Máñez y Telesur retransmitía a pedales. Cuánto ha llovido, pese al cambio climático. En 25 años el PP no ha gobernado en Andalucía, pese a ser el partido más votado en todas las capitales. Arenas, que sabe más que los ratones coloraos, lo repitió cada vez que pudo, mientras se afanaba en demostrar sus conocimientos de geografía regional y desvelaba sus problemas de salud al día, en espalda y pies, que sufre por tanta inquietud viajera. Muy amable por su parte. Pero, una vez más, la espuma de esta comunión con los ciudadanos se fue desvaneciendo mientras avanzaba la noche. Si se abusa de este formato puede terminar por aburrir del todo. En beneficio de la audiencia todos los implicados tienen que ir perdiendo el miedo.

El líder del PP de Andalucía no quería arriesgar con el regalo de esta TVE con "falta de pluralidad" según Rajoy. Optó por una indumentaria sobria en todos los detalles, con traje azulón, corbata azulada y un bolígrafo como asidero para remarcar sus mensajes en condicional simple. Yo haría. Yo construiría. Yo... Javier llevaba el bolígrafo como muleta, con las manos a la altura del diafragma, como hizo Rajoy en este mismo programa, pero con Lorenzo Milá en el burladero. Manuel Chaves en la anterior entrega rechazó sostenerse en el bolígrafo, para concentrarse mejor. Para no confiarse. El popular, sin embargo, asistía confiado ante un auditorio de dientes romos y una Ana Blanco desapercibida que sólo tuvo que pedir brevedades.

Arenas tuvo su único contratiempo grave en la primera pregunta, que a portagayola le puso los pies sobre la tierra, cuestionando sobre cuántas derrotas electorales estaba dispuesto a encajar el olvereño. El primer diálogo fue un espejismo de lo que fue el resto de las casi dos horas. La primera parte, que se extendió durante casi 45 minutos, fue un rosario de preguntas amables, con carácter futurible, que ponían en bandeja las respectivas promesas. La gente es demasiado educada cuando se enciende el piloto. Sólo algún circunloquio y algún tuteo puso efímera emoción al interrogatorio, cuya segunda parte, de media hora, no registró apenas fluctuaciones de interés, como la media final.

El segundo Tengo una pregunta andaluz tuvo el plató más iluminado que en anteriores ocasiones y la realización quiso experimentar algunos travellings, presumiblemente para insuflar vida a un programa demasiado sosegado, demasiado político, y de intervenciones estiradas. Arenas salió indemne y beneficiado, pero la falta de riesgo, el carácter inofensivo del desafío, mantuvo en la indecisión a muchos que quisieron anoche conocer más en profundidad al presidente del PP andaluz.

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