Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Boyas

MEDIDAS para las familias", llaman campanudamente las crónicas a las boyas lanzadas por fin por el Gobierno para ayudar a los náufragos a sobrevivir en la mar gruesa de la crisis. O medidas sociales. Poca cosa, en realidad. Se amplía el plazo para materializar el saldo de los titulares de las cuentas viviendas; se adelantan las devoluciones del IRPF para los hipotecados, y se concede a los parados la posibilidad de disponer de una moratoria de hasta dos años para pagar el 50 por ciento de las cuotas de sus hipotecas. Tampoco había que esperar más, claro.

No son medidas "para las familias", por supuesto, ni siquiera medidas para los afectados por la crisis, sino más bien para las familias machacados por ella, para los damnificados por los primeros coletazos de la recesión, tanto que han zozobrado antes incluso de que el Gobierno haya tenido tiempo de llamar nominalmente "crisis" a todo el infierno que se está desatado en el primer mundo.

La medida más singular, la del aplazamiento de la mitad de las cuotas de la hipoteca, es en apariencia una gracia destinada a la creciente tribu de españoles que unen, a la condición de parados, la de hipotecados: apuro sobre apuro. Pero si se lee desde la otra orilla de la crisis, desde la empresarial, más bien parece una ayuda destinada a garantizar a los bancos el cobro de los préstamos que un bálsamo para aliviar a la masa social. Una nueva inyección pero pinchada en el culo de los paganos. ¡Menudo bálsamo, ayudar a pagar, cuando cuesta la vida sobrevivir! El Gobierno calcula que unas 500.000 personas se acogerán a alguno de los paliativos destinados a no inflar los índices de morosidad de los balances de los bancos en los dos próximos años. Pero pagar habrá que pagar, por supuesto. Antes, después o a cuenta. ¡Apoquinas o mueres! Esa es la perversión implícita del sistema, aquí o en Estados Unidos.

Dice el responsable de Economía del PP, Cristóbal Montoro, que las ayudas "llegan tarde y se quedan cortas". Lleva razón, pero yo añadiría que además de tardías e insuficientes son profundamente melancólicas. Pero la melancolía no sólo atañe a esas concretas medidas del Gobierno, sino a la crisis misma (en su faceta nacional y mundial) y a algunas de sus patologías, la más grave esa morbosa satisfacción con que los detractores de Zapatero acogen la llegada de las malas noticias, como si más que mordiscos para el sustento de miles de familias fuera reveses exclusivos para hundir al presidente del Gobierno.

Fuera del PSOE también abunda la misma consistencia melancólica. Los sindicatos, mudos, y en el PP, más allá del ruido de frotación de manos, poca, muy poca cosa.

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