la tribuna

Óscar Eimil

Callejón sin salida

NI espontáneo, ni inocente, ni democrático, ni legal, ni respetuoso, ni gratuito, ni mucho menos conveniente. Aunque ya lo sospecharán ustedes, me estoy refiriendo al espectáculo que estamos presenciando, desde hace días, en las calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades. Y lo digo aun a sabiendas de ser políticamente incorrecto, y de que a muchos soñadores y bienintencionados no les van a gustar las explicaciones que, para justificar estas afirmaciones, paso a darles a continuación.

El movimiento popular de indignación que se está desarrollando estos días en España no es, como pudiera parecer a primera vista, un fenómeno nacido de repente, como por generación espontánea; más bien al contrario: detrás del telón de fondo de todo lo que hemos visto y vivido, ha existido una buena maquinaria de agitación y propaganda, perfectamente engrasada para que las cosas salieran tal y como al final han salido; una maquinaria que se puso en marcha hace ya bastantes meses, tal y como queda acreditado por el registro del dominio web de la convocatoria que se produjo el pasado 1 de marzo.

Tampoco es, desde luego, un movimiento inocente políticamente hablando; más bien al contrario: la coincidencia del fenómeno con la campaña electoral tenía una clarísima intencionalidad política. Se trataba -con poco éxito, todo hay que decirlo- de culpar a algo tan etéreo como el "sistema" de los muchos males que nos aquejan, cuando la responsabilidad del desastre político, económico y social que vivimos parece fácil de individualizar en una parte de ese sistema que critican, concretamente en los partidos y agentes que han sostenido los muchos errores del Gobierno durante estos años.

Tampoco es un movimiento democrático; más bien al contrario: se trata de un fenómeno que sociológicamente debe calificarse como pre-revolucionario. Sólo así pueden interpretarse las consignas que hemos escuchado estos días, algunas tan irresponsables como la de mantener que, como consecuencia de las movilizaciones, la soberanía nacional se ha desplazado desde el Parlamento de la Nación a algunas de las calles y plazas de nuestro país, siendo los protagonistas de las concentraciones sus nuevos depositarios, en sustitución de los diputados y senadores elegidos libre y democráticamente por todos nosotros.

También hemos visto estos días, entre los autodenominados "indignados", algunos comportamientos autoritarios, como el de prohibir a los medios de comunicación hacer libremente su trabajo en algunas zonas de las concentraciones que se desarrollan en nuestras calles y plazas, sobre las que, al parecer -no sé muy bien por qué-, los concentrados tienen absoluto poder de disposición.

Ha sido, por lo demás, un movimiento totalmente irrespetuoso con la legalidad vigente que representan en este caso las altas instituciones del Estado, a las que los manifestantes se han pasado desde el principio por el arco del triunfo; aquellas instituciones que han prohibido reiteradamente las concentraciones y de las que han hecho mofa nuestros protagonistas de hoy, quienes, al parecer, están por encima del bien y del mal, y eligen las leyes que desean cumplir y las que no.

También han faltado estos días educación, sentido cívico y respeto por los demás. Basta en este sentido imaginar el suplicio vital, comercial y de salubridad que llevan viviendo, ya durante muchos días, los vecinos de las zonas afectadas, cuyos derechos, a lo que parece, valen mucho menos que los de los manifestantes.

Además las concentraciones ya nos han costado un montón de dinero, y sólo servirán para profundizar la crisis económica que sufrimos. No ha sido casual la coincidencia de las mismas con la subida espectacular que ha experimentado estos días la prima de riesgo de España. La imagen de un país cuyas calles han sido tomadas por elementos radicales, que conculcan la legalidad vigente ante la pasividad de las autoridades, intentando que prevalezcan en la sociedad ideas en su mayor parte peregrinas, no es precisamente tranquilizadora para los mercados internacionales.

Aunque lo verdaderamente sorprendente no es que nuestro sistema democrático -ese que con tanto esfuerzo hemos construido entre todos- haya sido denostado estos días gratuitamente por algunos miles -sobre todo jóvenes- en nuestras calles y plazas, sino que no hayamos visto a casi nadie con la gallardía suficiente para defender en público y a contracorriente algo que es tan preciado para la mayoría de nosotros.

No obstante, estoy muy seguro de que, con el tiempo, frente a experimentos que carga el diablo y que en el mejor de los casos sólo pueden conducirnos a un preocupante callejón sin salida, prevalecerá la cordura de la inmensa mayoría -también de los jóvenes- que sabe perfectamente que nuestro sistema político, mejorable, sin duda, con el esfuerzo de todos, es de largo el mejor de los posibles.

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