Hoja de ruta

Ignacio Martínez

Cazar, expiar y espiar

EL verbo cazar tiene muchas acepciones. Y Mariano Fernández Bermejo las ha probado casi todas. La primera de la que tuvo noticia fue la clásica, buscar a aves, fieras y otros animales para cobrarlos o matarlos. Lo hizo en su localidad natal de Arenas de San Pedro (Ávila), al sur de la Sierra de Gredos. Allí la variada fauna tradicional incluía linces, osos, zorros, lobos y jabalíes. También liebres, conejos y perdices con los que se supone que el joven Bermejo empezó su larga carrera de cazador de escopeta y perro, que él calibra en 50 años, no se sabe bien si por fanfarronería. Eso supone que ahora no caza por esnobismo de nuevo rico, sino por practicar un deporte muy arraigado en todas las clases sociales de la España rural.

Cazar también significa adquirir con destreza algo difícil o que no se esperaba. El antiguo fiscal jefe del Tribunal Superior de Justicia de Madrid insumiso con el Gobierno del PP se quedaría sorprendido de que Zapatero le hiciera ministro en 2007. No parece que un tipo tan bronco fuese lo más adecuado para hacer un pacto por la justicia con el PP o conciliar acuerdos con los jueces. Pero con la misma destreza con la que cazó el Ministerio de Justicia ha salido de él. El pasado miércoles el grupo socialista en pleno lo vitorea puesto en pie, al grito de torero, torero. Y cinco días después le cortan la coleta. Lo que no cazó Bermejo fue la necesidad de que el notario mayor del Reino fuese el más prudente de los ministros y no el más follonero. Cazar también significa entender algo rápidamente. Y nuestro hombre, con su alma de viejo cazador del valle del Tiétar, ya sabrá a estas alturas lo efímera que es la gloria de un torero en la política.

Pero el verbo cazar tiene una acepción todavía más adecuada para la ocasión: sorprender a alguien en un descuido, error o acción que desearía ocultar. Más que error, fue una enorme metedura de pata del ministro coincidir con Baltasar Garzón en una cacería en la provincia de Jaén, el fin de semana en el que el juez tenía ya varios detenidos y había iniciado una investigación delicadísima sobre una presunta trama de corrupción en el PP. Así que bien está que expíe su culpa con la dimisión o cese. Garzón debería aplicarse el cuento e inhibirse en este caso, por mucho que le apetezca que la opinión pública esté pendiente de él.

Ahora bien, resueltas las responsabilidades de la cacería, y concluidas el domingo próximo las elecciones en Galicia y País Vasco, el PP no tiene excusa para dar la cara en el enredo de espías, negocios, comisiones y corrupción descubierto en la Comunidad de Madrid. Espiar no tiene tantas acepciones como cazar, pero de ese cabo penden muchas reputaciones. Y Mariano Rajoy debería dar la talla de líder dando explicaciones al país y depurando sus filas. El trofeo que debe exhibir no es la cabeza de Bermejo, sino la limpieza de su partido.

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