en tránsito

Eduardo Jordá

Cuentas

CUANDO oigo decir que nadie había pronosticado esta crisis, me acuerdo del profesor José Barea -malagueño y catedrático emérito de Hacienda Pública-, que fue asesor durante unos pocos meses del primer Gobierno de Aznar. Al profesor Barea le nombraron director de la Oficina Presupuestaria y le pidieron un informe sobre las cuentas públicas de España. Barea podía haber hecho el típico informe copy-paste que se suele hacer en nuestro país -es decir, esa clase de informes que sólo dicen lo que le interesa al político que los encarga, y que por eso mismo se cobran a precio de oro-, pero en vez de hacer eso, el profesor hizo algo inaudito: se puso los manguitos negros de contable antiguo, se colgó un lápiz en la oreja y empezó a repasar todos los libros de contabilidad que fue encontrando en el Ministerio de Hacienda. A los políticos les entró el sudor frío. Y la cosa empeoró cuando el profesor empezó a decir en público que las cuentas públicas no cuadraban y que si continuábamos con el mismo nivel de gasto, habría que introducir el copago sanitario y en el futuro próximo se podría producir la quiebra de la Seguridad Social. Y ahí sí que los políticos se pusieron muy nerviosos, tanto que Aznar destituyó a Barea en 1998, un año y medio después de haberlo nombrado. Y del viejo proyecto de conocer el estado real de las cuentas públicas, por supuesto, nadie volvió a acordarse.

Cuento esto porque hace quince años, y por un módico sueldo de funcionario público, un hombre sabio podría haber llevado a cabo la gigantesca tarea de cuadrar las cuentas públicas de nuestro país, algo que no se ha hecho hasta hace muy poco, cuando el Banco Central Europeo obligó al Gobierno español a encargar una auditoría externa a la firma Oliver Wyman. Es decir, que si los políticos se hubieran fiado de la profesionalidad y la independencia del profesor Barea, él solo podría haber hecho un trabajo que muchos años después tuvo que hacer deprisa y corriendo una empresa privada, y encima cobrándolo a precio de oro. Y cuando nos quiten el 21% del IRPF, una parte de ese dinero irá a pagar una auditoría que el profesor Barea podría haber hecho gratis, y a su debido tiempo, hace ya muchos años.

Uno de los principales problemas que tiene el Gobierno -y la oposición- es que nadie sabe de verdad cuál es el estado real de nuestras cuentas. Si eso se hubiera sabido desde hace tiempo, hasta nuestra torpe clase política habría sido consciente de la gravedad del problema, así que podría haber hecho lo mismo que hicieron en Alemania hace una década cuando les tocó sufrir su propia crisis: formar un gobierno de coalición que pudiera actuar con unos mínimos criterios de coherencia y equidad. Como es natural, hemos hecho justo lo contrario.

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