La tribuna

Isidoro Moreno

Deporte, política y mercado

EN nuestras sociedades inmersas en la globalización, todo tiene a convertirse en espectáculo para el mercado: desde la vida privada hasta las grandes tragedias, desde los rituales religiosos a las elecciones políticas. Y la medida del éxito es el nivel de audiencia, no ya directa sino, sobre todo, a través de las radios, televisiones e internet. El contenido de los hechos, su calidad e incluso su veracidad son algo secundario.

No debería sorprendernos, pues, que desde el día siguiente a la apertura de los Juegos Olímpicos de Pekín estos fueran ya calificados como "un éxito absoluto". La expresión fue de Samaranch, quien era presidente del Comité Olímpico Internacional cuando se concedió a China la organización de los Juegos de 2008. "Acertamos en la elección -declaraba-, ya que la ceremonia de inauguración ha sido la más impresionante que he visto en mi vida y batió todos los récords de espectadores de TV en el mundo". Olvidaba el ilustre deportista que la concesión fue acompañada de la exigencia de un avance significativo de los derechos humanos en un país cuyo régimen político es, con mucha diferencia, el que asesina legalmente a un mayor número de personas al año, varios miles; niega derechos colectivos a las 55 etnias minoritarias, que están oprimidas por la mayoritaria Han; tiene militarmente ocupado el Tibet, donde realiza una política de asentamiento masivo de colonos, y reprime también militarmente a los uighures (musulmanes); carece de partidos políticos, salvo el omnímodo Partido Comunista Chino que se confunde con la estructura del Estado; no reconoce derechos sindicales, permitiendo condiciones salariales y de trabajo infrahumanos; desplaza forzadamente a millones de ciudadanos, más bien súbditos, de unas regiones a otras de su inmenso territorio para realizar obras públicas que son atentados al ecosistema o para modernizar las grandes ciudades; encarcela a quienes osan ejercer el derecho de expresión o pertenecen a grupos religiosos calificados de sectas, y ejerce la más férrea censura sobre las comunicaciones, internet incluido.

Si, además de batirse varios récords deportivos en recintos que constituyen una buena muestra de la arquitectura-espectáculo a mayor gloria del poder, se hubiera cumplido el compromiso de avances efectivos en todas o algunas de las dimensiones anteriores, sí podríamos hablar realmente de éxito de los Juegos, pero como ello no se ha producido es indecente que los responsables del COI y de los Comités Olímpicos Nacionales -donde abundan los parásitos sociales que en su vida han hecho otro deporte que el de medrar y viajar como VIPS-hayan tratado, con su silencio sobre el incumplimiento de los compromisos sobre los derechos humanos, de vender a la opinión pública mundial ese supuesto éxito.

En nombre de la Carta Olímpica se ha prohibido a los deportistas hacer cualquier tipo de declaración política. Y a estos y a los periodistas realizar comentarios que pudieran ser molestos para el régimen chino. Pero nadie parece conocer que la misma Carta señala que los atletas acuden de manera individual y no como representantes de países, a pesar de lo cual está consolidado el monopolio de los estados en los Juegos. Los éxitos, no sólo en deportes de equipo sino individuales, se presentan como logros nacionales (aunque a algunos deportistas se les haya primado para adquirir la nacionalidad) y la clasificación por número de oros y medallas funciona como símbolo de supremacía de unos países sobre otros, o incluso sirvan como medio de fortalecer a los regímenes políticos de algunos. Por eso es una burla que Hu Jintao, el presidente chino, reclamara, días antes de comenzar los Juegos, que estos no se politizaran.

A pesar de su contenido deportivo, las Olimpiadas han estado siempre, y ahora más que nunca, politizadas y mercantilizadas. Politizadas, porque en ellas, desde el desfile inaugural hasta las ceremonias de entrega de medallas, se visibilizan, activan y rivalizan los nacionalismos de Estado. Y mercantilizadas, porque no existirían sin el patrocinio -y los dictados- de las grandes empresas trasnacionales y el desembolso de las grandes cadenas televisivas. En este caso, política y mercado se han acentuado, porque de lo que se trataba, a fin de cuentas, era de presentar espectacularmente, y de vender en el mercado mundial, como un país normal y poderoso a lo que es un régimen totalitario bajo el cual se está dando una acumulación salvaje de capital a costa de la gran mayoría de la población y de la múltiple violación de derechos humanos. Desde estos objetivos, y si miramos para otro lado respecto a todo esto, sin duda los Juegos de Pekín han sido todo un éxito.

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