Relatos de verano

El Destino Del Narrador (V)

La mujer canosa -Belén- se detuvo ante una enorme puerta de doble hoja y cristales ácidos -con inscripciones de plomo en las esquinas-. Con reverencia, ceremoniosa, como si fueran a acceder a un templo sagrado, fijó su mirada en la del narrador y anunció protocolariamente el inminente destino:

-Tengo el placer de mostrarle la biblioteca.

"Joder, si parece que la han sacado de La sombra del viento", pensó el narrador y no dijo, realmente impresionado.

La biblioteca, de las dimensiones de una pista de tenis, dos plantas de altura, debería albergar miles de volúmenes, perfectamente ordenados y alineados en baldas negras. Escaleras plateadas posibilitaban el acceso a la parte superior, donde los libros más gruesos se esforzaban en derrocar la rectitud de la madera. Era una catedral de los libros, por dimensión y concepción.

Abrumado, mareado, congestionado por tanto libro, el narrador era incapaz de detener su mirada en un punto concreto de la amplia sala.

En los apenas diez segundos que el narrador dispuso no pudo distinguir ni uno solo de los títulos que se reproducían en los lomos de aquellos volúmenes. Hubiera sido muy feliz descubriendo un ejemplar de La demencia del diablo.

-Tendrá todo el tiempo que desee para examinar nuestras dependencias, no se preocupe- dijo Belén tras descubrir el gesto de decepción que se fabricó en la expresión del narrador.

-Me encantaría.

De vuelta al gran pasillo, al pasar junto a una puerta en la que se podía leer Poesía, en la parte superior, escuchó la voz de una mujer que recitaba un poema que le era especialmente familiar. Quisiera ser tu predilecta almohada/donde de noche apoyas tus orejas/para ser tu secreto y ser las rejas/de tu sueño: dormida o desvelada…

El narrador se detuvo un instante, como si necesitara seguir escuchando más versos del poema para poder identificarlo. Puede que recordara aquel recital de poesía erótica, chispa que prendió la mecha.

-Esta sala prefiero que la visite cuando no haya nadie, no me gusta perturbar la intimidad de…- indicó la mujer canosa.

-Ese poema me parece que…- apenas dijo el narrador, con una vocecilla que rezumaba resignación.

-Silvina Ocampo- dijo la mujer canosa y continuó caminando.

-Claro, Silvina Ocampo- escenificó el narrador un gesto de conformidad. Era la primera vez que escuchaba ese nombre.

Siguieron recorriendo el amplio pasillo, en dirección a un luminoso jardín que se podía vislumbrar al final, acurrucado en luz y verdes de diferentes tonalidades. A ambos lados de la puerta de salida, dos ceniceros acogían con dificultad decenas de colillas consumidas hasta el filtro, y su correspondiente ceniza que, cada poco, cada vez que se colaba una corriente de aire, escapaba fabricando una pequeña nube gris que no tardaba en desvanecerse sobre la moqueta del suelo.

Recordó el narrador que durante un tiempo mantuvo una intensa relación con la ceniza producida por los cigarrillos. En redondas cajas de corcho almacenaba la ceniza que cosechaba de los cigarrillos que fumaba mientras escribía. Porque el narrador guardaba sólo la ceniza con pulcritud, siempre procedentes del mismo cenicero, uno verde pistacho -ancho y bajo-, ideal para albergar las ruinas quemadas de quince o veinte cigarrillos con holgura.

Sobre la tapa de corcho blanco, con un rotulador rojo -el mismo que empleaba para corregir los textos-, escribía los títulos de los cuentos, novela o artículos que había escrito mientras se había fumado los cigarrillos que habían generado esa ceniza. Todo un testimonio de un metódico ritual que su mujer amenazaba constantemente con trasladar al cubo de la basura.

-Cada caja es un pulmón- le decía su esposa, todavía entonces novia.

-O un cáncer, por lo menos- exageraba la que después fue su suegra.

Por esas extrañas combinaciones que de vez en cuando se producen en nuestro interior, el narrador comenzó a descubrir en la mujer canosa -Belén- algunos de los rasgos más característicos de su suegra. Tal vez fuera por ese marcarle el camino sin prestarle atención, por su incapacidad para mirarlo a los ojos, por su estricta simpatía, y, sobre todo, por su peculiar forma de caminar, encogiendo las rodillas, como si le doliera articularlas.

En el centro del jardín, iluminado por una bóveda en su parte más alta, una fuente de piedra blanca expulsaba -sin ímpetu- más de una docena de chorros de agua que burbujeaban en la superficie. Junto a la fuente, dos hombres y tres mujeres, no más de cincuenta años el mayor, veinteañera la menor, alrededor de una mesa de plástico, muy blanca, escribían en libretas con pastas de plástico flexible.

-Un taller de narrativa, una sesión práctica…- informó Belén tras percibir la curiosidad del narrador.

-Ya veo. Muy interesante- el narrador mostró distancia, como si ya hubiera superado esa fase.

Tres de los participantes en el taller de narrativa fumaban tranquilamente mientras se pensaban -con un gesto a lo Rodin- la siguiente frase. El narrador tuvo un recuerdo intenso para todos aquellos cigarrillos consumidos frente a la pantalla del ordenador o ante la libreta con las pastas de plástico. También tuvo un recuerdo para su suegra en la mujer -canosa- que le estaba mostrando los servicios y estancias de Viajes para Escritores con tan escaso entusiasmo.

Belén se acercó al narrador y, mirándolo por segunda vez a los ojos, le anunció: y ahora, por fin, vamos a visitar La Flota de las Personalidades.

Creyó descubrir el narrador en el aliento de la mujer canosa aromáticos restos de tabaco -como un eco del pasado-, y por un momento la definición que había trazado de ella se dulcificó, le pareció menos violenta en el trato y más efusiva en la exposición. Hasta entendió el narrador que la mujer se conservaba muy bien, que no aparentaba la edad que le presuponía y que sus tobillos seguían siendo estilizados y tersos -fijaciones de juventud.

La Flota de las Personalidades ocupaba la parte central del descomunal hangar, algo parecido a una capilla de cristal, a la que accedieron por un pasillo estrecho pero elegante, con la elegancia de otro tiempo, con tapicería púrpura y adornos de marfil. Le llamó la atención que el pasillo, a pesar de su estrechez, contara con ceniceros en las esquinas.

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