EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Doble pensamiento

EL fenómeno es habitual. Te encuentras en una cena con un crítico literario, y te pones a hablar con él, y a los dos minutos, el hombre -o la mujer- ya te ha dicho siete veces que tal novela es un bodrio. Y luego te lo repite otras seis veces, por si no te hubieras enterado: "Es para vomitar". Pero al cabo de dos semanas, compras el periódico y ahí viene una crítica de esa misma novela, firmada por el crítico que te habías encontrado en la cena. Y cuando empiezas a leer los adjetivos -"insuperable", "imprescindible", "fuera de serie"-, sin darte cuenta ya te estás rascando la coronilla, mientras recuerdas las palabras del crítico: "Es para vomitar". Y tanto que sí.

¿Por qué lo hace? Por una razón muy sencilla: para no quedar mal. Es curioso que en esta época tan desinhibida y deslenguada las cosas se hagan así, pero en la literatura -igual que en la política- esta clase de hipocresía está muy extendida. Nadie se atreve a quedar mal. ¿Con quién? Pues con mucha gente. Ante todo, con el autor de la novela, pero también con todo un círculo más extenso que incluye al editor -que en estos casos siempre es un editor de prestigio-, y a sus propios compañeros de redacción, y a sus contactos de Facebook, y a su librero, y tal vez hasta a su propia pareja. El caso es que el crítico no dirá nunca la verdad, si piensa que esta verdad va a chocar contra lo que se piensa en su círculo de amistades y de allegados.

Y eso mismo es lo que pasa en nuestra sociedad, empezando por la clase política y terminando por la magistratura y la enseñanza. Hay docenas de personas en puestos de responsabilidad que están a favor de reformar la Ley del Menor, o de un cambio en profundidad de la Logse, o en contra de algunos puntos clave del Estatut de Catalunya, o de la actitud suicida del Gobierno de Zapatero (y de la actitud no menos suicida de la oposición del PP), pero que no se atreven a decirlo en público porque esa opinión puede ir en contra de lo que "se supone" que deberían pensar.

George Orwell llamaba a esta forma de actuar el "doble pensamiento" y lo consideraba una actitud propia de las sociedades totalitarias. La URSS estuvo llena de gente que pensaba una cosa y decía siempre la contraria, igual que la España de Franco. Lo curioso es que la España actual también está llena de gente así, de personas que tienen una idea propia en la cabeza, aunque nunca se atrevan a manifestarla para no "quedar mal" ante sus superiores (o incluso sus propios amigos). Políticos, periodistas, sindicalistas, profesores de universidad, críticos literarios: todos viven tan contentos diciendo una cosa y pensando la otra. O ya puestos, sin pensar en nada, que hasta resulta más confortable. Y ahí sí que le doy toda la razón al crítico: "Es para vomitar".

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