Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Fabiano

LO maligno hay que erradicarlo de forma inmediata. En contraste, lo beneficioso hay que construirlo progresivamente. Con paciencia. Las revoluciones se tropiezan con sus propios cordones violentos. Las utopías se trabajan con constancia y se conquistan de forma casi imperceptible. Lo comparto plenamente. El socialismo fabiano inglés tiene su ideario literario en el Pigmalion de Bernard Shaw, coloreado en el musical My fair lady. La sombra de Audrey-Doolittle fue el germen para pergeñar durante este verano el programa de Carmen Lomana Las joyas de la corona. Shaw se remueve en su tumba de jaramagos.

No hay mucho que cambiar cuando los pigmaliones (y pigmaleonas) están encantados en su lodo. La mayoría de estas criaturas estaban orgullosas de ser tan ordinarias. Pero el programa de la Lomana se ha justificado en los casos de sus más nobles cachorros: Pepe (que se quedó sin ganar porque no sabía que La Rioja tenía una capital con rima), Jorge el navarrico, o Lucía, una alumna de 4º de Derecho que desconocía el significado de "con la venia" (y ni siquiera debía de conocer a Fernando Santiago). ¿Qué Universidad permite que una alumna así llegue tan lejos?

En la universidad de la tele cualquiera tiene su oportunidad, como la ganadora de Las joyas, Azahara. Este Curso del 63 del glamour para angangos fue una merendola de trozos de carne. El público se reía como todas las generaciones han hecho con el torpe de la clase, pero ha sido un contenido con su punto instructivo. Los profesores, envarados y redichos, pero al cabo buenas personas, seguirán teniendo cuerda en Telecinco. A las alumnas les espera el Interviú. Lomana no sólo es una máscara de bótox y ha crecido como autopersonaje. Jordi, en su línea. Las joyas no cayeron en su propia trampilla. Quedémonos con su velado mensaje de crear un mundo mejor.

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