La tribuna

Juan A. Estrada

¿Felices navidades? ¡Felices vacaciones!

CADA vez hay más gente a la que le cuesta saludar con el tradicional ¡Felices navidades! Hay tendencia a replegarse, a esconder el sentido religioso de estas fiestas o dejarlo para la intimidad personal. Proliferan, por el contrario, los que rechazan cualquier símbolo religioso, incluso los más tradicionales, como el belén, porque no quieren "molestar a nadie". El laicismo implica la autonomía respecto de cualquier religión. En consecuencia, algunos proponen cambiar el nombre de estas fiestas y renombrar el calendario, sustituyendo las denominaciones cristianas por otras. Cobra fuerza la tendencia a una religión de sacristía, que no se hace presente en la vida pública. Las vacaciones de fin de año serían un buen sustituto, como el de fiestas de primavera para la semana santa, y así seguiríamos renombrando nuestras viejas celebraciones.

Desgraciadamente, buena parte de la izquierda española es bastante inculta en lo que concierne a lo religioso. Para muchos, ser progre significa atacar a la religión, y más concretamente al cristianismo, porque muchos respetan los signos del islam y del judaísmo, mientras que cargan contra los cristianos. Somos un país que ha comenzado su ida hacia la laicidad cuando otros están ya de vuelta. En la laicista Francia abundan estos días felicitaciones, invitaciones y eventos organizados por instituciones políticas y culturales oficiales, en las que están bien presentes los signos religiosos. Lo mismo ocurre en otros países secularizados europeos. Asumen las viejas tradiciones heredadas de sus mayores, sin que el simbolismo cristiano sea un obstáculo para los que ya no lo son.

A casi nadie se le ocurre, por el contrario, eliminar su patrimonio cultural e histórico. Mucho menos pensar que los que vienen de fuera se van a sentir molestos porque las tradiciones sean religiosas, como ocurre en sus países de origen. Ningún europeo se siente molesto por las fiestas musulmanas o judías en sus respectivos países, pero parece que lo que es válido para los demás no lo es para nosotros. Hay progres que nunca se preguntan si lo que espanta a inmigrantes y turistas no cristianos no es la religiosidad de la cultura que les acoge, sino la frivolidad con la que tratan lo religioso y la carencia de valores humanos que vislumbran en el pretendido modelo del laicismo excluyente.

Y es que la religión marca la cultura popular y los signos religiosos son también culturales, parte de nuestro patrimonio histórico, tradiciones, fiestas y valores compartidos. El código cultural es, inevitablemente, cristiano y no puede ser de otra forma en países marcados por una religión milenaria en Occidente. Se puede no creer en Dios y, sin embargo, asumir el código de sentido que una religión ha originado, como por ejemplo, la dignidad de la persona y los derechos humanos.

El mensaje de la Navidad es el del "En-Manuel", el Dios con nosotros, que marca a los cristianos. Y muchos que no lo son los respetan e incluso se identifican con sus aspiraciones a un mundo más justo y solidario, a la paz para los hombres de buena voluntad y a la esperanza de los pobres, cristalizada en un Dios humano, que propone la fraternidad humana como único camino para llegar a Él. Este es el mensaje milenario que ha marcado a Europa, el que hay que comunicar a todas las generaciones, también a los hijos de los que no creen y se interrogan sobre esos símbolos. Forman parte de la historia de cada familia, constituyen las señas de identidad de una gran parte de la población y han sido esenciales para la manera de entender a la persona y el sentido de la vida humana en Occidente.

Ignorar esto, esconderlo o rechazarlo no es "ser laico", sino anticristiano. Detrás del laicismo hay una gran variedad de posturas, desde los anticlericales que luchan contra privilegios y derechos abusivos de las iglesias a los que buscan una sociedad donde puedan convivir todas las religiones y credos. Una sociedad laica no es enemiga de las religiones, porque los valores humanos de la cultura están emparentados con ellas. La mejor sociedad es aquella en la que pueden convivir cristianos y los que no lo son, ateos y de otras religiones. Pero esta convivencia no se logra ignorando la historia, luchando contra milenarias tradiciones y molestándose cada vez que una persona creyente expresa su fe, individual o colectivamente.

No comprender esto es lo que diferencia a parte del laicismo español del de los otros países europeos de nuestro entorno.

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