Desde la bulla

Paola / Vivancos

De Granada a Sevilla

UNA niña rubia y alegre, recién venida de Granada, presentes aún en su inmadura memoria los correteos por las empinadas cuestas del Albaicín, ha recalado en el barrio del Porvenir, en un piso de los de La Estrella (qué coincidencia con el título de una de las dolorosas más bellas de Sevilla). Tras la Misa de Palmas, acude endomingada al cercano Parque de María Luisa donde sus padres tranquilos la sueltan del brazo, sabedores de que nada malo puede ocurrirle, y donde minutos más tarde habrá de pasar la Virgen de la Paz, tan blanca, tan pulcra, tan rota por el llanto de ver a su Hijo portar el madero en el que habrán de clavarle, incapaz de descubrir, aún, el mayor gesto de amor que ha conocido la humanidad.

Apenas vislumbrados los primeros capirotes blancos que preceden al Señor, y aprovechando su pequeño tamaño, se escabulle entre las filas de la bulla que contempla el paso de la cofradía, alcanza la de los penitentes, y con sonrisa pícara les pide caramelos entonando aquella entrañable cantinela que termina "si no me lo das te pego una patá". Aquello es un mar de niños que, como ella, corretean en un continuo ir y venir para descargar en las manos de sus padres esos tesoros que los pequeños bolsillos de sus recién estrenados abrigos no pueden albergar.

De repente, un sonido de cornetas y tambores hace que su mirada se detenga y se desvíe, pasmada, hacia el impresionante paso de misterio que se le viene encima presuroso, y que se para justo allí, a un metro, donde los costaleros lo arrían. Siente entonces el aroma del incienso mezclado con el de las flores, y observa a los sudorosos costaleros beber el agua de un jarrillo de latón, como el que había en casa de la abuela en la calle Acetres, trasegado por un aguador idéntico al ladrón de bicicletas.

Allí nace su amor por la Semana Santa en la versión más popular. En la calle, entre la gente y cerca, muy cerca, de sus protagonistas. Ya nunca abandonará la bulla y se moverá en ella como pez en el agua.

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