La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Grosería y patrimonio

Están engendrando una Semana Santa de emociones groseras provocadas por estímulos toscos

Ya, ya… El aniversario de la Expo. Ya, ya… La semana negra del PP con Rajoy citado como testigo del Gürtel e Ignacio González detenido por corrupción junto a otras 12 personas. Ya, ya… El grotesco tirano de Corea del Norte y enfrente el Trumpclown con el que los estadounidenses se han castigado a sí mismos -y de paso al mundo- gracias a ese simpático voto cabreado y antisistema que entre nosotros ha encumbrado a Podemos. Ya, ya... Las milicias armadas venezolanas. Ya, ya… Las elecciones francesas y la posibilidad de que las gane Le Pen, aunque gracias a la segunda vuelta no creo que triunfen los neofascistas.

Así están las cosas. Pero resulta que soy hermano de cuatro hermandades de la Madrugada, en tres de las cuales sale mi familia mientras muy queridos amigos lo hacen en la cuarta. Y que considero la Semana Santa tan patrimonio histórico y artístico de la ciudad como el museo de Bellas Artes, la Catedral o el Archivo de Indias. Tanto por el inmenso valor artístico de algunas de las imágenes y pasos que se ponen en la calle como por sus cortejos. Cofradías perfectas de Cruz de Guía a palio como las de la Amargura, el Valle, el Silencio, el Gran Poder o la Macarena son parte del mejor patrimonio de la ciudad.

Pero este patrimonio -que es más extenso: sólo he citado algunas cumbres- tiene muchos enemigos internos y externos. Los primeros están en las hermandades engendrando una Semana Santa fallera y carnavalesca, de ruidosas y superficiales emociones provocadas por estímulos groseros y toscos. Los segundos son los miles y miles de no ciudadanos -porque su comportamiento no es cívico- que acuden a las procesiones como si fueran a un carnaval o un botellón. El compañero Eduardo Osborne ha identificado bien este gravísimo problema: una desconexión entre la celebración y cierta parte de la sociedad. Numerosa, por desgracia. No saben lo que están viendo, no lo sienten, no lo aman; y por lo tanto no lo respetan. La responsabilidad de algunas hermandades al atraer a este "público" ofreciéndoles "pan y circo" es grave. No soy optimista. Nadie del Consejo o las hermandades reconocerá los males internos y los externos tienen difícil y larga solución.

La violencia de los gamberros organizados es otro mal que se suma a los anteriores. Responderle con el modelo kofradecop mataría del todo la fiesta cívica, además de ser imposible en la enorme superficie ocupada por las cofradías. Así estamos.

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