El Guadalquivir desconocido del altiplano boliviano

Otro río Guadalquivir tempestuoso y enlodado discurre por Tarija, ciudad de la Nueva Andalucía que fundara el trianero Luis de Fuentes y Vargas en el siglo XVI

Através de la ventana luminosa de mi habitación en el Hotel Victoria de Tarija, llega apagado el sonido de una flauta andina que más tarde sabré tocada por dos indios ciegos. Una y otra vez se repiten sus sones en el calor bochornoso de la tarde de otoño surboliviano. Hemos venido varios profesores a impartir cursos de doctorado, tras 36 horas de vuelos y esperas, a una ciudad fundada el 4 de julio de 1574 por un andaluz muy desconocido en nuestra tierra: Luis de Fuentes y Vargas, trianero de nacimiento y estirpe, hijo de Pedro de Fuentes y Ana de Vargas, casados en la Iglesia Mayor de Sevilla a comienzos del siglo XVI, según nos cuentan diversos y prestigiosos autores de Tarija en su Ensayo Histórico- Literario D. Luis de Fuentes y Vargas y la Fundación de Tarixa.

El altiplano central suramericano se extiende desde la cordillera andina hasta los aledaños de la cuenca amazónica en una vastísima extensión despoblada, algo mayor que España. Entre esos desolados territorios de claroscuros intensamente marrones que se imaginan desde el avión a través de la neblina, se asientan algunos valles resguardados por altas montañas. En ellos todo es verdor, agua que corre, tierras sin mar de clima, sin embargo, suave que se parece toda ella a nuestra tierra andaluza. No es de extrañar que Luis de Fuentes quedara prendado de uno de esos valles llamando a su río Guadalquivir.

El río Guadalquivir nace en este valle altiplánico de Tarija que da nombre a la comarca -en Bolivia se denomina distrito- y a la ciudad, todo ello situado aproximadamente a 2.000 metros de altura muy al sur, próximo ya a la región de Salta, en el norte de Argentina. El valle donde nace y discurre el Guadalquivir, que cambia de nombre para llamarse río de Tarija y luego Río Grande de Tarija (equivale a Guad-al-Quivir, en árabe) se rompe en una falla o garganta natural por donde se precipita raudo hacia tierras más bajas y llanas. Después de formar frontera con Argentina, 100 kilómetros más abajo, se une como afluente al río Bermejo, de origen y desarrollo inicial similar al suyo. Sus aguas rojas por los sedimentos, ya fundidas, recorren los 800 kilómetros de las llanuras de Salta, Formosa y el Chaco, en ellas serpentea, se ramifica y confunde con el río Teuco en cauces que a veces se pierden bajo la tierra -como en España el Guadiana- para reaparecer de nuevo más abajo.

El Bermejo es afluente del Paraguay en Pilar y el Teuco también más abajo aún, en Corrientes, justo un poco antes de que éste -el Paraguay- se funda con el mítico río Paraná, que serpentea perezoso entre meandros y pantanos para desembocar 800 kilómetros más abajo con el también gran río Uruguay, en Buenos Aires. Las aguas de ambos ríos unidas toman allí el nombre de Río de la Plata, estuario majestuoso, puerto natural de Indias, entrada a la América ultramarina del sur.

Así, nuestro modesto río Guadalquivir también vierte sus aguas al océano Atlántico, después de recorrer casi 2.000 kilómetros de paisajes agrestes, desérticos y selváticos de ensueño y peligro. Algunas de sus aguas rozarían los cascos de los barcos que desde Sevilla y otros puertos europeos, en el siglo XIX, venían cargados de tejidos de seda, raso e hilo, papeles pintados a la moda de Inglaterra, vestidos y enseres traídos por encargo de los comerciantes enriquecidos de Tarija que por entonces pertenecía a Argentina.

Las valiosísimas mercancías atravesaban en caravanas de porteadores indios los 2.000 kilómetros que la separan del mar a través de Uruguay, Paraguay y Argentina, en largos y peligrosos viajes por la selva, las llanuras y las montañas, que, ni en la mayor de las alucinaciones, podemos imaginarnos hoy.

Nos sorprende y maravilla saber que así vino de Europa el majestuoso piano Steinway, llevado por 40 peones durante cinco meses y hemos de creerlo porque no ha podido ser de otra manera, tal como nos cuenta Eduardo Galeano, para la meláncolica dama Beatriz de Arce, regalo que su tío le hizo para "que recuperara el color". Lo he visto y acariciado incrédulo primorosamente conservado en la Casa Dorada para conciertos de la ciudad. Quizás hoy la cuestión sea más trivial, pero me conmueve imaginar esas notas sonando por primera vez hace más de un siglo, tan lejos de su tierra natal, en el cielo puro del altiplano, al lado de un Guadalquivir agreste y lejano. Estoy seguro de que los pájaros, las ramas de los árboles, los ríos, y la naturaleza toda paró un momento para escuchar asombrada, quizás con una solitaria lágrima, los acordes melodiosos de la nueva música, mensajero pacífico de una tierra otrora bañada en sangre.

Aquella expedición andaluza implantó con tanta potencia su cultura que en Tarija -ciudad del Guadalquivir- no se siente uno extraño. Sus plazas pueden encontrarse en Sevilla, Lebrija, Utrera o Écija, su arquitectura de aires coloniales tiene patios en sus casas privadas, corrales de vecinos y otros edificios quizás más exóticos que no hacen más que añadir la nota de color que en cierto modo espera el viajero. He de resaltar, sobre todo, la vegetación de naranjos, palmeras datileras, jazmines, magnolios, nísperos, arrayanes y mimosas entre un sinfín de jardines privados inundados de rosas, margaritas y gladiolos, todo ello brillando al alto luminoso sol del altiplano. No he visto nada nuevo de vegetación en los patios, salvo lo que llaman el jazmín japonés, bellísimo matorral de flores violeta intenso que se vuelven blancas antes de marchitarse en una sinfonía fría y alegre; y los cactus salvajes de las montañas que conviven con las pitas y las chumberas en un paisaje mediterráneo que bien podría ser almeriense, si no fuera por esa brillantez luminosa del cielo que todo inunda.

No nos ha de extrañar, a poco que imaginemos que Luis de Fuentes según parece viniendo del norte de Bolivia, sufriendo las penalidades que el árido altiplano ofrece, llegara a esta tierra, la bendijera y decidiera llamar Guadalquivir a su río en recuerdo de la tierra que tanto amaba. La misma a la que, por su afán de aventura, dejó un día para no volver jamás, muriendo célibe en 1598, con el hábito de Santiago en la más extrema pobreza y dejando una extraordinaria e inexplicable herencia para obras piadosas obtenida al parecer en las míticas minas de Potosí.

Historias auténticas que excitan la imaginación y han sido sin lugar a dudas las fuentes de inspiración del realismo mágico. Este Guadalquivir, tan lejano y distinto al nuestro, que riega viñedos más riojanos que andaluces, está a la vez unido por la cultura urbana de Tarija a Lebrija, Utrera o Carmona en una historia apasionante que veremos otro día.

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