editorial

Hace 35 años

SE cumplieron ayer treinta y cinco años de la primera gran manifestación de la Andalucía contemporánea. Se hizo por la democracia y por la autonomía. El 4 de diciembre de 1977 los andaluces se echaron a la calle para consolidar las libertades que a duras penas se estaban consiguiendo y para reclamar un autogobierno en condiciones de igualdad con el resto de las nacionalidades y regiones de España. Fue un movimiento que tuvo mucho de espontáneo, aunque fue favorecido por la unidad de los partidos políticos que en aquel momento supieron conectar con las inquietudes y los sueños de los andaluces. El 4-D marcó un punto de inflexión en las ansias autonomistas, hasta entonces más instintivas que racionales o ideológicas, de esta tierra, que condujo a la conquista final del autogobierno pleno y que tuvo en el joven sindicalista malagueño García Caparrós su mártir inocente, caído mortalmente en una situación en la que lo viejo no se resignaba a desaparecer y lo nuevo no terminaba de triunfar. Lo nuevo, y al final victorioso, era el sistema de libertades y la autonomía de todos los pueblos de España, posible sólo porque Andalucía logró imponer una configuración equilibrada y solidaria del Estado. Treinta y cinco años más tarde el espíritu del 4-D sigue vivo como exigencia de que las aventuras de los nacionalismos ricos no tuerzan un diseño que ha dado prosperidad y solidez a todos los territorios de España. Eso exige a todas las fuerzas políticas, económicas y sociales de Andalucía una actitud de alerta y vigilancia frente a operaciones o tendencias de esta índole. Pero el 4 de diciembre es una jornada de todos. Pretender convertirlo en el principio e instrumento de una operación política encaminada a aislar al partido que resultó mayoritariamente votado por los andaluces y formar un frente de oposición al Gobierno de la nación por su política de austeridad es un flaco favor a lo que supuso esa fecha histórica. Los muchos y graves problemas que tienen los andaluces de hoy no se deben a ninguna supuesta presión recentralizadora y antiautonómica, sino, en buena medida, a la gestión que se ha hecho de la autonomía que comenzó a conquistarse el 4 de diciembre de 1977.

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