La ciudad y los días

Carlos Colón

Ibarretxe y el espíritu tribal

Titulares y sumarios de ayer: "El presidente José Luis Rodríguez Zapatero, (…) en la convicción de que se enfrenta a un ciclo largo de violencia por la debilidad de ETA, quiere recomponer la pieza que le falta para su política antiterrorista: la unidad política" (El País); "ETA amenaza a Zapatero con ensangrentar su segundo mandato" (El Mundo); "ETA (…) prepara una ofensiva para exhibir capacidad operativa y forzar una nueva negociación con el Gobierno" (Abc). Aparte de los matices favorables o desfavorables para con el Gobierno, debidos a la línea editorial de cada periódico, los tres coinciden en señalar que vivimos un momento peligroso en el que ETA está decidida a seguir asesinando. Llámesele largo ciclo de violencia, ensangrentar o preparar una ofensiva, el mensaje es el mismo: el terrorismo vasco sigue siendo el más peligroso enemigo de nuestra democracia.

Gritos de ayer: "¡Somos un pueblo, somos una nación, queremos reconocimiento político para el siglo XXI!", clamaba Ibarretxe con ese fanático eco con el que la megafonía agrava los gritos cuando les sobra agresividad visionaria y les falta democrático sentido común constitucional. "¡Es el momento de dar un salto cualitativo como pueblo!" vociferaba, añadiendo que pese a los últimos resultados electorales, "Euskadi no es, ni será nunca, una parte subordinada de España".

Palabras de ayer: mientras oía el euskalgriterío por la radio leía estas palabras de Vargas Llosa ('El último maldito', El País 23-3-08) sobre el novelista nazi francés Celine: "Estos personajes son nacionalistas y provincianos en el peor sentido de estas palabras: porque no ven ni quieren ver más allá de sus narices. Como el Ferdinand Bardamu de El viaje al final de la noche pueden recorrer el África negra y vivir en Estados Unidos o, como el Ferdinand de Muerte a crédito, pasar cerca de dos años en Inglaterra. Inútil: no entenderán ni aprenderán nada sobre los otros porque, por prejuicio, desgana o desconfianza, son incapaces de abrirse a los demás y salir de sí mismos. Por eso, regresarán a su suburbio aldeano, a su campanario, como si nunca lo hubieran abandonado. No saben nada de lo que ocurre más allá de su entorno porque no quieren saberlo: como si romper las celdas en que se han encerrado por el miedo crónico en que viven, fuera a hacerlos más vulnerables a esos misteriosos enemigos de que se sienten rodeados. Pocos escritores han descrito mejor que Céline ese espíritu tribal que es el peor lastre que arrastra una sociedad que intenta progresar y dejar atrás los prejuicios y hábitos reñidos con la modernidad".

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