la tribuna

Manuel Bustos Rodríguez

Iglesia e izquierda

DURANTE mi época de estudiante, entraban y salían de la iglesia de mi barrio grupos, numéricamente variables, que utilizaban sus dependencias para reunirse. Pertenecían a sindicatos de izquierda, entonces clandestinos, que se acogían al "privilegio" de la Iglesia para preparar sus actividades, consideradas subversivas por el Gobierno de entonces.

Desde aquella hora, y a pesar del relevante papel de la Iglesia en el advenimiento de la democracia, las cosas han cambiado sustancialmente. La ayuda entonces prodigada a esa línea ideológica recibe desde hace años como pago la desafección y el ataque. ¿Qué ha ocurrido?

La izquierda logró penetrar a partir de los años cincuenta en ámbitos clave de la sociedad. Lo hizo en la enseñanza a todos sus niveles, preferentemente la secundaria y universitaria; en la cultura y, cómo no, en la Iglesia. Obedecía al deseo de utilizar plataformas que difundieran sus ideas y sirviesen a sus objetivos: el establecimiento de la democracia en un principio, la creación del humus necesario que preparase el advenimiento de la sociedad socialista luego.

Han transcurrido ya más de veinte años desde la caída del Muro y la crisis de los sistemas inspirados en el marxismo, pero nuestra cultura aún contiene un fuerte sustrato de su visión del hombre, del mundo y la sociedad, eso sí, tamizados por las transformaciones experimentadas en el último medio siglo.

El prestigio de esa ideología reposaba sobre varios puntos. Así, el carácter martirial de las primeras generaciones de militantes, la esperanza de redención que insuflaba en las masas desesperadas, el pretendido carácter científico con que avalaba sus análisis y sus prospectivas de futuro; finalmente, su sed de justicia y la preocupación por la defensa de los oprimidos. De aquí la superioridad moral con que se presentaba frente al resto, la misma de la que todavía hoy pretende vivir. Sin duda, fueron esos dos últimos aspectos los que ganaron para su causa muchos espíritus de hombres de Iglesia, laicos y eclesiásticos, sensibles a las exigencias evangélicas, sin reparar demasiado en las fuertes contradicciones de su decisión.

La influencia del marxismo en diferentes ámbitos de la vida eclesial tras el Concilio es hoy algo patente y reconocido. Mientras la izquierda se fortalecía atrayendo hacia sí personas sensibles a la causa de los oprimidos, el cristiano creía responder con la inclusión a su inquietud por el compromiso y la transformación de las estructuras de pecado, si bien a costa de debilitar la institución y de producir en su seno extrañas excrecencias.

De ese encuentro surgieron curas obreros y guerrilleros, determinada Teología de la Liberación, líderes cristianos en partidos marxistas, concepciones meramente sociológicas de la fe, etc. En unión del profundo proceso de secularización de la sociedad occidental en esos años, el hecho explica no pocos de los problemas que, aún hoy, vive la Iglesia.

Pero la izquierda tampoco pudo obviar los retos externos, ni volver a ser la de antes, afectada de lleno como estará por la convulsión de los sesenta y sus efectos. Su utopía liberadora, de base fundamentalmente socioeconómica, resultaba inútil para atender las demandas de un mundo cada vez más complejo; los análisis de la realidad, antaño precisos, se quedaban obsoletos, la revolución sin valedores. Sus jefes y no pocos militantes dejarán de ser los sacrificados luchadores de las primeras generaciones. Ganados por la mentalidad que aún la sustentaba, después por los placeres de la sociedad consumista, con frecuencia mal preparados intelectualmente, se entregarán a los mismos con fruición, sin encontrar ya compensaciones morales ni utopías capaces de justificar esfuerzos.

La izquierda sentía el apremio de llenar el vacío dejado por los avatares del tiempo. Responderá echando mano de su viejo repertorio ideológico (omnipresencia del Estado, proclama de la igualdad, lucha en la calle), a veces sólo como retórica. Pero, sobre todo, asumiendo principios y supuestos, provenientes a veces de la misma sociedad que pretendía transformar (nacionalismo insolidario, ideología de género, fórmulas propias del capitalismo, interculturalidad, pacifismo buenista). De ahí su patente crisis, aún no resuelta, y su estrategia actual.

La incorporación a su patrimonio de tales elementos, le lleva, pues, a reavivar enfrentamientos con la Iglesia, con quien otrora compartiera sensibilidad en favor de los oprimidos, aunque aún algunos cristianos ingenuos no se hayan apercibido del problema de fondo. La acción constituye además una manera de atraerse a sectores emergentes, poniéndolos bajo sus banderas. No importa el coste ni los contradicciones que dicho giro produzca: la izquierda lo necesita para sentirse activa, útil, aunque, todavía no hace mucho, no fuese esa su verdadera causa.

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