Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Intimidación

CONFORME transcurrían ayer las horas aumentaba la inquietante sensación de que íbamos a penetrar en algo tan inconcebible como un mundo desabastecido, un espacio temporal y físico donde escasearán los abundantes suministros sobre los que se basa la sociedad del bienestar. ¿Habrá algo más absurdo que una gasolinera sin carburantes? ¿O más turbador que una de esas grandes pescaderías rebosantes de mariscos carísimos con los expositores vacíos o, peor aún, exhibiendo vergonzosamente huecos sin género? Sí, la huelga del transporte parecía una especie de anticipación de la catástrofe final, una intimidación mayúscula con unas características muy peculiares.

La primera, la antelación, incluso la precocidad. De un modo insólito, hemos sufrido la amenaza del desabastecimiento desde el jueves o el viernes. Todos los medios informativos se han saltado la regla general de que las convocatorias de huelga, y sus eventuales consecuencias, no son noticia sino amenazas y, por tanto, si se divulgan se deben hacer con la mayor cautela, a sabiendas de que están siendo utilizados. Si los periódicos diéramos pábulo a todos las amenazas de paro que llegan a la redacción con la misma efectividad se hubiera perdido la dignidad de la profesión hace mucho tiempo. La disculpa que podemos dar es que, en el paro de los transportistas, hemos visto demasiado cerca y clara la intimidación. En cualquier caso, los huelguistas han empezado a coaccionar a la gente antes de la huelga, lo que no deja de ser un hecho insólito.

Lo segundo es que no es una huelga de trabajadores sino de empresarios, de pequeños empresarios y de trabajadores autónomos. Es, por tanto, menos una huelga que un cierre patronal que, por añadidura, no está apoyado por todo el sector. La huelga sólo la respalda abiertamente un tercio de los transportistas. La tercera característica es que la protesta pretende "paralizar al país", según hemos publicado los medios de comunicación. "Paralizar el país" es una meta que supera y distorsiona el derecho constitucional a la huelga, un chantaje de proporciones mayúsculas que ni el Gobierno, la oposición ni los ciudadanos podemos admitir. La cuarta característica es que el motivo, el alto precio del gasóleo, lo estamos pagando todos, bien directamente en las gasolineras o repercutido en los precios de venta al público. Es, por tanto, un problema común.

El margen de maniobra del Gobierno para abaratar el gasóleo es escaso. Ayer por la tarde seguía negociando a toda marcha con los transportistas. Si lograra frenar el paro, sería la primera huelga cuyas consecuencias más graves se han sufrido antes de comenzar.

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