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Rafael Padilla

Juegos prohibidos

MENOS mal que hay padres (y madres) de la patria que están siempre al quite y atienden con impagable perspicacia nuestros funestos descuidos. Se nos estaba olvidando que el futuro de España -tal vez de la Humanidad- no se ventila en los grandes centros de decisión política o económica, ni en los gabinetes encargados de buscar soluciones a los agobios de la crisis y del paro. Ésas son tonterías pasajeras que el tiempo enmendará. Nuestro verdadero problema, el fundamental, es cómo ordenar y reglamentar lo que secularmente viene sucediendo en los recreos de los colegios, semilleros de desigualdad que obviamente imposibilitan el desarrollo de un mundo mejor. ¿Pero qué es lo que ahí pasa?, me preguntarán los lectores menos avispados. Pues, pásmense, que los niños y niñas juegan con quien y a lo que les da la gana, una anarquía inadmisible que hay que disciplinar decidida, firme y prontamente.

A ello está dedicando sus heroicos esfuerzos el ginecólogo José Alberto Cabañes, diputado socialista por Badajoz, uno de los impulsores más entusiastas de la nueva regulación del aborto, que, con agudeza y arrojo, se ha atrevido a presentar en el Congreso una revolucionaria proposición no de ley para que, en los patios escolares, las niñas jueguen al fútbol y los niños a la comba. Como él mismo explica, el asunto no permite dilación, se están produciendo situaciones insostenibles, gravísimas, inexplicablemente toleradas, hasta el punto de que no es ni mucho menos inusual -y cito textualmente el motivo de su más que justificado escándalo- "que haya grupos de niños jugando a policías y ladrones y grupos de niñas jugando a las mamás". Un desvarío patente que Cabañes intenta ahora enderezar.

Ya sé que habrá quien reproche tanto afán por inmiscuirse en las vidas ajenas y minutarlas al segundo. Éstos, predicadores nocivos de una libertad retrógrada, ignoran que el Estado ha de velar por la aplicación exacta de sus dogmas allí donde se incumplan, aunque los descarriados apenas levanten tres palmos, se atrincheren en engañosos chupetes y disfracen de inocencia sus corrosivas transgresiones.

Uno no puede sino felicitar al eximio prócer pacense, pensador sobresaliente al que también debemos la brillante afirmación -es perla genial- de que "hacer política es un parto de nueve meses". Tal convicción, unida a su arraigada fe proabortista, es clave para entender la auténtica madurez de sus empeños, esa manera suya tan singularmente prematura de ejercer el oficio.

Si acaso, un único reparo. Luce don José Alberto una barba mediana, impropia por diferenciadora y sexista, de mente tan igualitaria. Debiera -la coherencia comporta servidumbres- rasurársela en bien de la causa. Nos permitiría así, además, contemplar la excelencia de su rostro, imperturbable, pálido y duro como casi ninguno de cuantos, a diario, se sacrifican por nosotros en el hemiciclo.

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