Rafael Montero, periodista y socio 3.046 del Sevilla

Lágrimas sólo de alegría

Opinión del periodista y socio 3.046 del Sevilla, Rafael Montero.

SE lo explicaba a mi hijo, que con 10 años vivía su primera final, a lo largo de un viaje con varias etapas y miles de kilómetros (desde el sur de África) hasta llegar a Turín. Los sevillistas, le decía, sólo lloramos de alegría. Porque cada final es un regalo, y más ésta, con un equipo repleto de carencias aunque sobrado de corazón. Yo trataba de explicarle que perder, y sinceramente pensaba que había muchas posibilidades de que ocurriera, era una posibilidad real, y que el rival era más fuerte que nosotros, y que alguna vez tenía que tocarnos perder una final. Y que si perdíamos no había nada que lamentar, porque el premio ya era estar ahí.

Trataba de mentalizarlo, porque para los niños el presente lo es todo y las decepciones son tremendas aunque se acaben superando.

El niño que muchos sevillistas fuimos nunca necesitó de tales lecciones. Soñábamos finales que nunca nos tocó vivir. Sospecho que la travesía de aquel desierto durante décadas es en gran parte el secreto de esta felicidad inmensa que vivimos hoy. 

Decía Vinicius de Moraes, poeta y cantor grande de Brasil, refiriéndose al pueblo brasileño: "Nuestra alegría es mayor que nuestra miseria". Durante aquellas décadas fuimos la hinchada desmedida de un club deportivamente mediocre. Nuestras ilusiones siempre fueron mayores que la realidad de un equipo sumido en la mitad de la tabla, eliminado siempre en los octavos de final de cualquier competición. Aún constituye para mí un misterio cómo sentimos siempre al Sevilla como un grande, gigante en nuestros corazones. 

Lo dijo Emery y creo que es verdad. Esta copa es más nuestra que nunca. De los 3.500 de Estoril, de los 5.000 de Valencia. De Adri, compañero de fatigas y de sueños en ese nuestro indomable Gol Norte, que se está buscando la vida en Suecia y que no faltó para partirse la garganta en el estadio de la Juve. De Willi, colombiano de Cali que llegó a Sevilla hace 8 años y se enamoró perdidamente del Sevilla campeón, y esa locura lo llevó a las semifinales de Valencia junto a su hijo. Lo encuentro en el avión a Milán, viajando solo; ya compró el viaje desde antes de las semifinales. Veo cómo le brillan los ojos hablando del Sevilla y tengo la certeza de que será de los nuestros durante el resto de su vida.

Son algunas historias de esta final de Turín, pequeños afluentes que desembocan en el río grande de ese sevillismo hoy desbordado por las emociones.     

Llorar, y volver a llorar, pero sólo de alegría. En la derrota, cuando llegue, siempre nos quedará aquella tarde eterna de Eindhoven en la que atravesamos un desierto de 58 años en sólo 90 minutos y lo rompimos en mil pedazos, tal vez para siempre. Nos quedará nuestro orgullo de todos aquellos años en los que veíamos finales que nunca eran nuestras; y esa manera antigua de ser felices con el equipo, aunque de otra manera, y que a veces en estos momentos de éxito recuerdo con nostalgia. 

Gracias a la travesía de aquel desierto hoy puedo decir, y ya lo dijeron otros antes que yo: Sevilla, aunque ganes, aunque sigas ganando, te seguiremos queriendo.

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