La esquina

josé / aguilar

En León hubo un asesinato

LA muerte de Isabel Carrasco ha sido un asesinato. Tan execrable como todos. Que la víctima sea una política en activo, presidenta de la Diputación y del PP de León, y que la asesina confesa sea militante del mismo partido no significa que estemos ante un crimen político. Más bien, un asesinato nacido del odio derivado de rencillas personales.

No hay más, pero la extrema politización de la minoría no silenciosa se ha empeñado en hacer una lectura política y sociológica del suceso. Elevarlo de anécdota terrible a categoría con ínfulas de dogma. Quienes han obrado así, con gran pereza intelectual y automatismo de fanáticos, se han agarrado, a falta de mejores argumentos, al cubo de la basura. De la basura tóxica que envenena las redes sociales. Han cogido al vuelo algunos comentarios repugnantes y vejatorios sobre el crimen, anónimos o de autor (pero ¿cuántos entre treintaytantos millones de españoles con acceso a la red?) para pontificar: a Carrasco la mataron por ser de derechas, en un contexto de crispación y violencia contra el Gobierno y el PP. Los responsables últimos de su muerte son los que organizan escraches, los alborotadores que revientan manifestaciones (pero ¿qué porcentaje de manifestantes en toda España provocan disturbios?), los antisistema que odian a los populares y quienes protestan por los recortes.

Tienen el gatillo ideológico tan a punto que no se detienen en ningún detalle que pueda estropear su apresurado diagnóstico. El detalle, por ejemplo, de que las victimarias compartan ideología y militancia con la víctima, de modo que su acción no encaja de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, en la cómoda tesis de la lucha política crispada que conduce al odio y el derramamiento de la sangre enemiga. Tampoco son personas desahuciadas que pierden su vivienda y cometen una locura o parados de larga duración llevadas a la indigencia por el sistema que representa la presidenta de la Diputación leonesa. Simplemente, delincuentes desalmadas que planean largamente su venganza y acaban ejecutándola.

La única culpabilidad de este asesinato recae en quienes lo han cometido. Buscarla en la personalidad de Isabel Carrasco o en su condición de política, en los miserables que se han felicitado por el crimen o en el ambiente de crispación anti PP es una falacia que esconde cierta dosis de exculpación de quienes la mataron. Ellas solas.

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