Visto y oído

Antonio / Sempere

Lotería

EN el recreo comprábamos una botella de leche Clesa de las de cristal por una peseta. En el aseo debía hacer mis necesidades en una difícil posición, estirando una pierna, porque la manivela de la puerta estaba rota desde tiempo inmemorial y a poco que te descuidaras el compañero más gracioso te dejaba encerrado. Ideal para un claustrofóbico. De regreso al aula, presidida por los retratos de Franco y José Antonio, nos sentábamos en bancos situados alrededor de las mesas mugrientas, y si alguien tenía que cambiarse de sitio pasaba caminando por encima de ellas, como si nada. Por eso, cada primeros de mes, las lijábamos, y ay del que no se empleara a fondo en ello. No se libraría del palmetazo con la regla de madera.

Pero llegaba un día en que al maestro le cambiaba la cara. Un día en el que al murmullo habitual provocado por la muchachada se unía la cantinela de unos niños que cantaban unos números en una letanía que parecía no tener fin. Y que sin embargo resultaba lo suficientemente motivadora como para que el maestro modificara su rictus provecto, y en su rostro se adivinase una expresión ilusionante, tan remota en otro momento del año.

De todo esto hace tres décadas. Afortunadamente ya no hay retratos siniestros alrededor de crucifijos, ni palmetazos, ni botellas de leche a peseta para paliar carencias nutricionales básicas.

La televisión en blanco y negro, única, se multiplicó por mil señales y diez mil colores. Pero esta semana las pantallas volverán a la siniestra cantinela. Que algunos todavía esperan como un maná, en la solución a sus problemas, sin reparar que la vida, esa que transcurre mientras la planificamos, se les ha escapado y se les va a seguir escapando cruda.

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