Análisis

Rafael Salgueiro / Profesor De La / Universidad De Sevilla

Madoff y los santos inocentes

La Bolsa de Nueva York ha demostrado ser poco fiable: la respuesta del mercado podría ser localizar un mejor lugar donde emitir y cotizar, factor que la UE debería aprovechar si se deja de monsergas nacionales

LA estafa de Madoff -35.000 millones de euros, algo más que el presupuesto de la Junta de Andalucía para 2009- se convertirá en histórica por el montante, por el momento y por su singularidad. Otras pirámides y estafas se construyeron fuera del mercado financiero regular, utilizaron vacíos legales, aprovecharon la incultura financiera de los depositantes, o bien facilitaron servicios pseudobancarios a quienes no tenían acceso a los servicios convencionales.

Esto último fue el principio de la actividad de la portuguesa Doña Branca dos Santos, la "Banqueira do Povo" que durante largos años mantuvo un sistema de depósitos y préstamos en el país vecino, que fue creciendo poco a poco hasta convertirse en un verdadero sistema piramidal, llegando a remunerar los depósitos al 10% mensual, frente al 30% anual de la banca oficial, pagando los intereses con los nuevos depósitos. No era desconocida tal actividad, sino más bien notoria, y la caída se produjo cuando la prensa se hizo eco del dudoso funcionamiento de sus actividades. La intervención televisiva del ministro de finanzas se tradujo -era inevitable- en un intento de retirada masiva de depósitos que fue imposible atender, entre otras cosas porque no contaba con el respaldo que el Estado concede a los bancos de reserva fraccionaria oficiales.

En nuestro país la inversión en estampitas -eufemísticamente denominadas bienes tangibles- resultó ser una estafa de gran calado por el volumen de dinero y por la cantidad de personas implicadas, y que aún no está resuelta. La notoriedad de Fórum Filatélico y de Afinsa no podía ser mayor, con anuncios cotidianos en la radio, oficinas en calles principales y patrocinios deportivos bien conocidos. Los reguladores miraban para otro lado. La CNMV no los consideraba productos financieros aunque lo parecieran; el Ministerio de Sanidad y Consumo tendría que haber sido el competente, pero la competencia parece que estaba transferida a las comunidades. En esa tierra de nadie se movían unas finanzas filatélicas que a punto estuvieron de promover planes de pensiones sin que los reguladores se dieran por aludidos durante años.

En el ámbito bursátil tuvo lugar el caso Gescartera, que fue posible por un exceso de confianza de los inversionistas en el gestor, reforzada ésta con la oportuna figura de una vicepresidenta familia de un alto cargo del Ministerio de Hacienda. Y también, según la sentencia, porque dos entidades financieras coadyuvaron "al mantenimiento de la irregular operativa empresarial", descuidando por ejemplo la labor de custodia. En definitiva, lo que se produjo fue una apropiación de los fondos de los clientes, en parte utilizados para mantener la alta rentabilidad que proporcionaba esta entidad. La CNMV ya la había multado varias veces e incluso fueron sancionados dos directivos por faltas graves, pero al parecer no se pudo detectar o impedir la curiosa operativa de esta sociedad: a los clientes no se les asignaban valores comprados o vendidos, sino los resultados positivos de operaciones de compraventa intradiarias, mientras que las pérdidas se asignaban a testaferros.

Estos tres casos, muy diferentes entre sí, ilustran varios aspectos de importancia. En primer lugar, que ni siquiera la notoriedad de una actividad irregular o sospechosa garantiza que un regulador vaya a actuar con diligencia. En segundo lugar, un dispositivo de regulación sofisticado y competente como la CNMV no puede evitar por completo los comportamientos inadecuados, aunque sí debe de aprender continuamente de las insuficiencias del diseño regulatorio y subsanarlas, como viene haciendo desde su creación o el Banco de España tras la crisis bancaria de los años ochenta.

En tercer lugar, estos comportamientos se aprovechan, precisamente, de la confianza de las personas no sólo en el gestor, sino sobre todo en el buen funcionamiento de las instituciones públicas y privadas relacionadas. Tendemos a confiar porque en general funcionan, y sólo conocemos sus defectos cuando fallan. Y tendemos a creer -o nos quieren hacer creer- que las soluciones que se adoptan después son completamente eficaces y que no se volverá a repetir el problema.

Quienes invertían con Madoff, los santos inocentes, lo hacían atraídos por la continuidad de una rentabilidad relativamente alta, aunque no exagerada. La seguridad la proporcionaba su propia reputación y, sobre todo, el entramado institucional relacionado con sus operaciones: las reglas y la inspección de la SEC, la producción de información auditada, la calidad de los auditores, el buen criterio de los calificadores de títulos, la actuación de los bancos custodios, etcétera.

Todo esto ha fracasado estrepitosamente sin que hayan pasado siquiera diez años desde los escándalos corporativos -Enron, WorldCom- que evidenciaron las deficiencias de la regulación bursátil en EEUU. El resultado fue la desaparición de la auditora más reputada y la creación de nuevas disposiciones de cierta efectividad, como la ley Sarbanes-Oxley. Ahora, me temo, el mayor afectado será la bolsa de Nueva York, que ha demostrado ser poco confiable. La respuesta del mercado podría ser identificar un mejor lugar donde emitir y cotizar. Los europeos podríamos aprovecharlo si nos dejamos de monsergas nacionales y de denostar el mercado libre.

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