Paisaje urbano

Eduardo / osborne

Maratonianos

YO tenía el propósito de escribir hoy sobre las miserias del fútbol, al hilo de las últimas noticias sobre la compra de partidos, un clásico cada final de temporada. Y hablar de la mercantilización del deporte, de los salarios indecentes de los jugadores, de la mafia de los representantes, de la tiranía de las televisiones o de la ruina de los clubes. He decidido dejarlo para otro momento (me temo que tendré oportunidades de sobra para hacerlo, más pronto que tarde) entre otras razones porque se me ha cruzado por el camino, nunca mejor dicho, el exitoso maratón del domingo.

Hasta la fecha no me he visto afectado por la fiebre del running, ni me planteo levantarme a las seis de la mañana para correr junto al río a la sombra de la pretenciosa torre Pelli, o como se llame, pero eso no quita para manifestar públicamente mi admiración por este deporte, y los valores positivos que tiene. Es barato y accesible para todos los públicos y puede realizarse a cualquier hora y lugar, no necesariamente adaptado. No requiere la presencia de varios jugadores y es agradecido, en el sentido de que la progresión depende sobre todo de la voluntad del corredor, fomenta la responsabilidad y los buenos hábitos, y puede darte muchas satisfacciones. Basta imaginar la palpitante sensación corriendo con la camiseta de tu equipo por Central Park o por las riveras del Támesis.

Pienso además lo bien que le iría a la sociedad si se aplicara a sí misma estos valores. La capacidad de sufrimiento para superar las circunstancias adversas que se dan en la carrera, la planificación medida para la consecución del objetivo, la solidaridad con los más necesitados, como hacen los corredores avezados que esperan y alientan a los más rezagados, ayudándolos a llegar a la ansiada meta. La satisfacción, en fin, por el trabajo bien hecho, sin un árbitro que te ayude con un penalti ni un político que te dé una subvención por la misma cara.

Viendo en las fotos la sana alegría de mis siete compañeros del colegio que completaron la prueba, tan distintos, cada uno con su marca, pero todos contentos, reconocí la viva imagen del deporte en su máxima expresión, sin aditamentos ni posturas impostadas, y no pude sino compararlo con mi sombría tarde de fútbol por la radio, enfadado por unos errores que para colmo yo no había cometido.

Y pensé que, aunque sea por un día, el deporte había ganado al dinero.

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