La tribuna

Gumersindo Ruiz

Mayo del 68, para los que no lo vivieron

DURANTE ocho semanas, entre el 3 de mayo y el 30 de junio de 1968, se vivió en Francia una crisis universitaria, social y política, que trascendió el ámbito del país y se convirtió en una referencia de modernidad democrática. Cuarenta años después nos preguntamos si ha quedado algo de aquellos sucesos y si hay cuestiones, de las que entonces se planteaban, que estén aún presentes entre las preocupaciones actuales. El título del reciente libro de Daniel Cohn-Bendit (Olvidar el 68) es suficientemente expresivo, y en él se mantiene que las diferencias entre el mundo de entonces y el de ahora son tantas que resulta difícil trazar una línea de comunicación que vaya de lo que entonces se proponía y la forma en que se quería conseguir a cómo hoy aparecen los grandes temas de las libertades y la organización socioeconómica.

Los hechos tuvieron como detonante unas protestas en la Universidad de Nanterre, en París, en el Departamento de Sociología, donde la figura de Daniel Cohn-Bendit aglutinaba a un grupo de estudiantes radicales. En 1965 se habían producido los primeros bombardeos en Vietnam y había un movimiento generalizado de protestas en las universidades, dentro y fuera de Estados Unidos. Las manifestaciones y violencia estudiantil y de la Policía hicieron que el conflicto creciera; sus momentos de mayor intensidad llegan el 16 de mayo, con la huelga de los trabajadores de Renault, y una huelga general de siete millones de trabajadores, el día 23.

El presidente Charles de Gaulle trata de controlar la situación y se refiere a ella como una "crisis de civilización"; sin embargo, las reivindicaciones de los trabajadores se satisfacen con acuerdos laborales que se firman el día 27 con el sindicato mayoritario, la Confederación General de Trabajadores, obteniendo todas las mejoras que pretendían. A pesar de esto, la situación de crisis es tan palpable que se plantea, por parte de los partidos de izquierda, un referéndum y un cambio de Gobierno. De Gaulle se va, desanimado, pero vuelve el 30 de mayo, anuncia que no dimite y convoca elecciones, recibiendo como apoyo una gran manifestación a su favor. Las elecciones legislativas de junio movilizan a la derecha y dan lugar a la Asamblea Nacional más conservadora que jamás haya existido en Francia.

Visto desde la distancia de cuarenta años, el Mayo del 68, pese a ser tan efímero y tener tan peculiar desenlace, sí dejó huella en algunos aspectos de la organización social. Uno de ello fue el avance de la mujer hacia una consideración más igualitaria; recuérdese que sólo desde 1945 tenía voto en Francia, pues aunque el Frente Popular tuvo mayoría en 1936, no cambió la ley electoral, ya que recelaba del voto femenino, considerado conservador. También abrió la vía a algunas libertades formales en el ámbito de las costumbres, los comportamientos, y a formas de participación mediante organizaciones y movimientos ciudadanos que hoy influyen y corrigen las desviaciones de poder de los gobiernos y abordan problemas como el deterioro del medioambiente. No obstante, estas nuevas formas de organización social, que cuentan con las tecnologías de la comunicación y la informática, no han conseguido articularse como una forma de participación efectiva.

Había también una gran ingenuidad en la forma en que se planteaba la toma popular del poder. Este deseo de espontaneidad política y libertaria tenía enfrente la evidencia de las terribles dictaduras postrevolucionarias, que habían producido no autodeterminación y libertad, sino imposición ideológica, y la evidencia de que lo difícil no es subvertir el poder, sino sustituirlo por una organización de la vida social, política y , sobre todo, económica, más satisfactoria.

Para algunos, las consecuencias del Mayo del 68 están todavía tras la forma actual del Estado de bienestar en Francia, pese a la amenaza permanente de la competencia internacional y la crisis económica. Otros verán el individualismo, la desintegración social, las revueltas que se suceden, la falta de disciplina escolar, entre otros, como males derivados de entonces, pues estos comportamientos eran impensables antes de 1968. Pero quizás la mejor aproximación posible a Mayo del 68 sea la de Raoul Vaneigem, que sitúa el movimiento en un plano emocional, existencial, y lo interpreta como un rechazo colérico a las contradicciones de la vida actual, llena de oportunidades de consumo y también, a veces y para muchos, de una insoportable tensión para obtenerlo, pues esta insatisfacción sigue presente en la raíz de la organización de la vida económica, social y política modernas.

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