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Visto y oído

Antonio / Sempere

Mensajes

PERMANEZCO atento a la pantalla en el tiempo que va desde el final del Telediario hasta el inicio de la información meteorológica. Apenas un cuarto de hora de publicidad, sobre el papel inocua e inofensiva. Aunque en la práctica compruebo que no tanto. Me llama la atención cómo es posible que una sola pausa quepa tanto mensaje. Tanta petición de dinero a los espectadores. Lo que más se ve y se oye son ofrecimientos de seguros. Seguros de coches, seguros de vivienda, seguros de vida. Hay que marcar a un nueve cero dos o a un nueve cero cinco para entrar en el paraíso de la seguridad. También hay bastantes anuncios sobre entidades financieras que compran dinero. El bombardeo es de impresión. Los mensajes, nada subliminales, se multiplican. Machacan. Anestesian.

Enseguida se me vienen a la cabeza las personas inocentes en los dos bandos. Los espectadores que los ven, los jubilados, las amas de casa de las clases bajas, los parados y los desocupados varios. Tanta gente agobiada, con la soga al cuello, al que estas promociones que no dan tiempo para pensar ofrecen la panacea de la seguridad y del dinero. Siempre a cambio del suyo. Siempre que el receptor dé primero el suyo.

Y reparo también en los del otro lado. En la cantidad de trabajadores de las entidades que se anuncian. En los teleoperadores que perderían su puesto si estas empresas de seguros planteasen una reducción de plantilla. Y me hacen sentir culpable. Una culpabilidad que viene de atrás. Servidor, renegado del coche desde hace quince años, todavía siente remordimiento de conciencia cuando las factorías de vehículos continúan echando a la calle a centenares de empleados. Como si el efecto de no consumir les castigase directamente. Cuando llega Albert Barniol para decirme que va a salir el sol, siento un alivio enorme.

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