Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

A Montes

SI la vida puede ser maravillosa, la muerte impepinablemente es horrenda y nos deja siempre huérfanos a los que nos quedamos por aquí. Los compañeros sofalícolas saben que Andrés Montes nunca fue voz de mi veneración, por su contenido, no por su áspero continente. Pero una noticia así siempre desgarra y obliga a reconocer la figura de una persona que fue muy querida por millones de anónimos que lo habían convertido en compañero de graderío, su intención en las particulares narraciones futboleras y balocestísticas. La noticia de su fallecimiento desgarra por el dolor que estarán sufriendo sus familiares y tantos amigos de aquel regordete calvo que, pajarita en ristre, no dejaba indiferente.

Muchos descubrimos a Montes en las agitadas retransmisiones en Antena 3 Radio de José María García, quien nunca tuvo misericordia de echar agrios rapapolvos en directo a sus colaboradores. Y en las rentransmisiones de la selección de baloncesto de Epi se observaba la calva de Montes, inquieta, deambular casi a pie de pista, colocando el micrófono en el meollo de los tiempos muertos, como si fuera el primo de Chicho Sibilio. Para los jóvenes de los 80 aún era una sorpresa comprobar cómo el reportero de Antena 3 era un vivaracho señor negro, un detalle exótico en una España que todavía conocía la inmigración como algo muy residual. Los negros eran de películas norteamericanas y en nuestra televisión las únicas excepciones habían sido Barullo y Basilio, porque hasta los reyes Baltasares estaban tiznados de betún. Si en los 80 Montes aún nos llamaba la atención por su estampa, no es difícil imaginar la sorpresa que causaba aquel mozalbete, de ascendencia materna cubana, cuando de niño se paseaba por Madrid. Esa excepcionalidad le tuvo que curtir. Pero la vida puede ser maravillosa. Y Andrés Montes lo decía siempre convencido.

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