La Sevilla del guiri

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Negativa

MI mujer estaba embarazada de diez semanas cuando fuimos a la primera ecografía. Nada más poner la vista en la imagen del bebé, la doctora le dijo: "Hija, lo siento, pero esto no sigue". Mi mujer, que considero la personificación de su sexo en ese momento, se echó a llorar. Durante algunos momentos no había palabras para consolarla. Yo, que considero la personificación de mi sexo en ese momento, sólo quería saber el paso siguiente y cómo terminar con ello lo antes posible.

Meses más tarde mi mujer me diría: "Pensé que lo que más te preocupaba era cómo todo eso iba a irrumpir en tu rutina". Hizo diana. Lo que más quería era volcarme de nuevo en mis proyectos y planes, porque son éstos los que más me tranquilizan el espíritu.

La doctora tuvo el detalle de acompañarnos hasta la salida del hospital. Mi mujer intentó explicarle cómo se encontraba su corazón partido:

-Ya le había cogido cariño.

-¡Anda ya! -dijo la doctora, queriendo animarla- ¿Qué cariño vas a coger? Eso no es posible.

-Quizás ilusión -dijo mi mujer-.

Era cariño, no ilusión. Mi mujer es la prueba real de que es posible coger cariño de verdad a un bebé de diez semanas.

Me diría meses más tarde, cuando por fin podía hablar en profundidad sobre el tema: "Era una sensación contradictoria tener una vida dentro de mí que se iba apagando. Pretendía seguir dándole fuerza y amor como lo había hecho desde el principio, pero al mismo tiempo quería distanciarme para no sufrir más".

Si he de ser franco, sólo sabíamos que, según los médicos, el bebé no iba a sobrevivir. Yo, normalmente curioso por los detalles, en este caso los quise pasar por alto para que mis principios no entraran en un dilema.

Mi cuñada acompañó a mi mujer durante la hospitalización. "Mi hermana me va a entender más que tú, va a saber lo que necesito", dijo mi mujer. "También los niños estarán mejor contigo que con nadie". ¡Qué suerte tener una mujer que muestra su ecuanimidad incluso cuando está desolada!

A pesar de estar acompañada, no podía evitar momentos de soledad, por ejemplo, de camino al hospital. Me diría meses más tarde, cuando por fin me armé del valor para preguntarle los detalles (porque quería escribir un artículo): "Coges el autobús sin dolor físico, sabiendo que tienes suerte porque no ha sido dramático, pero sabiendo que vas a perder un gran motivo para vivir, tu hijo".

Desde el pasillo del quirófano, mi mujer podía oír a las mujeres dando a luz y disfrutándolo. Como si protagonizara una película lacrimógena, una madre flamante salió eufórica del quirófano al que mi mujer estaba a punto de entrar, y le preguntó: "¿Vas a tener un niño o una niña?" Mi mujer se hizo la distraída para no manchar el momento.

En defensa propia, no tengo mucho que decir. ¿Es una excusa legítima decir que cuando estoy con mi mujer, no nos podemos permitir entregarnos a la pena, porque ahí están los niños, siempre pidiéndonos, siempre necesitándonos?

-No es legítimo -me dijo-. Se puede llevar las dos cosas. Si no, pierdes, y los niños también. Es como cuando pongo por excusa para no visitar con más frecuencia a mis padres lo liada que estoy en casa con los niños. Eso no vale.

Fue generosa por su parte al reconocer que todos caemos en los mismos errores, aunque algunas personas los evitan más que otras.

El hecho de que, durante toda aquella mala racha, me comportara como la personificación de lo masculino, escaqueándome de lo emocionalmente duro y de lo ya extinguido, con la excusa de que había cosas pendientes por hacer, y mi mujer se comportara como la personificación de lo femenino, dejándose llevar por las esperanzas echadas por tierra todavía latiendo en ella, con la excusa que las cosas pendientes podían esperar, por todo esto lo doy a conocer aquí.

Según escribió Chaves Nogales en La Ciudad, Sevilla "arrastra de viejas grandiosidades extinguidas". La ciudad donde vivo glorifica el pasado, lo ido. Según un famoso editorial del New York Times que salió el 30 de octubre 1963, lamentando la demolición del viejo Penn Station: "Probablemente nos juzgarán no por los monumentos que construimos, sino por aquellos que hemos destruido". La ciudad donde viví glorifica el progreso, lo pendiente y lo siguiente.

Consideremos Nueva York como mi padre, y Sevilla como mi madre. Creo que hacen buena pareja. La huella que el uno ha dejado en mí complementa la huella que está dejando la otra. Se ponen en equilibrio. Muchas veces incluso se anulan, dejándome vivir por cuenta propia. Si ahora vivo con mi madre, no mi padre, irónicamente es porque ahora soy padre también, y prefiero la ciudad que más cuide a los niños, en este mundo y en el más allá.

Mi mujer, como personificación tanto de su sexo como de su ciudad, se va a asegurar que nuestro niño perdido nunca caiga en el olvido. Yo, igualmente tipificando mis raíces y mi género, he escrito este artículo para poder dejar atrás el tema de una vez por todas.

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