el poliedro

José / Ignacio Rufino

Negociar sin ceder no es negociar

Alemania tiene excelentes registros económicos y es más poderosa que la troika en la negociación con Grecia

SE puede ser solvente pero carecer de liquidez, o sea, tener un futuro razonablemente viable pero carecer de un duro en la caja (ni nadie que te lo preste para ir tirando). Es mal asunto en cualquier caso; una situación que se lleva por delante por estrangulación a economías domésticas y a empresas. Pero mucho peor, dónde va a parar, es no tener presente ni futuro. No sabemos bien qué futuro tendría Grecia si se suavizaran las condiciones que les imponen sus acreedores y los prestamistas globales que se agrupan en una trinidad de cuatro miembros, mal llamada troika. Es decir, FMI, Comisión Europea y sobre todo el BCE... más el gran poder que no figura formalmente entre ellos, Alemania. Ha sido Alemania -que engaña poco- la que ha respondido con negociación dura a la posición dura de Grecia tras el acceso al poder de Syriza, que a unas malas amenazaba con dejar de devolver dinero (como a unas malas promete en su programa, por otra parte). Para colmo, uno que pareció hace pocos días ser un repentino aliado griego, Estados Unidos, ha urgido a Grecia a llegar pronto a un acuerdo si no quiere sufrir con crudeza los sinsabores de la bancarrota. Que Grecia abrace la protección financiera de una Rusia de fríos ojos azules -que es lo que verdaderamente le preocupaba a EEUU- parece poco realista sin, de hecho, entrar en bancarrota por un periodo de duración difícil de estimar, pero de dureza social de maldición bíblica. Aun así, Grecia sigue teniendo juego. Y mucho me temo que su ministro Varoufakis tiene el crédito de sus votantes muy fresquito y puede marcarse faroles o amenazar con espantadas.

Juncker, presidente del gobierno comunitario, la Comisión Europea, es un tipo desconcertante. No es lo previsible que lo puede ser un eurócrata norteño, y por ello resulta interesante. Si al ganar Syriza las elecciones advirtió a los ganadores que "no todo puede cambiar de repente" -admitiendo así que sí debían cambiar algunas cosas-, ahora Juncker ha recordado algo que es esencial en cualquier negociación decente, no humillar a la contraparte: "Hemos pecado contra la dignidad de griegos y portugueses". Él ya puso en duda hace dos semanas a la troika, lo cual no fue poco. Cuando uno humilla debe pedir perdón -si se es decente, cabe insistir-, y en la medida de lo posible, resarcir. Grecia ha sido culpable, así dicho en general: de inoperancia, imprudencia y fullería. Hay síntomas claros de ello: no hay catastro, no hay verdadera ni consistente tributación, y muchos números oficiales resultaron ser falsos (no sin la auditoría y certificación de entidades multinacionales de supervisión y control). Pero Grecia, también, ha sido utilizada como cliente militar de Alemania y otros para aviar la teórica guerra con Turquía, y ha sido prestatario de muchos créditos otorgados a la ligera por quienes ahora quieren ser inclementes en su devolución. Y ha sido humillada. Lo dice Juncker, y uno lo cree.

Este juego de negociación afecta a mucha gente, a la que puede condenar al limbo laboral o al infierno de la pobreza. Y mientras que se demuestra lo contrario o no, somos socios de un mismo club, o sea, gente con intereses comunes. No vale el paso militar, no vale la amenaza y mucho menos la humillación. No se pueden exigir reformas para modernizar una economía y, además, no conceder indulgencia alguna en la exigencia austeridad y en el endeudamiento: no funciona. No se puede ganar siempre, debe recordar una Alemania que ostenta excelentes registros de desempleo, crecimiento y equilibrio fiscal. Syriza, o sea, Grecia, debe ceder en su maximalismo de ecos mitineros; Alemania debe también ceder y mirarse no sólo su ombligo, sino el de sus territorios comerciales y financieros periféricos. Hay partido, uno sólo se atreve a apostar por eso.

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