Editorial

PSOE contra PP, la espiral que no cesa

NO se trata de reivindicar una situación idílica entre dos fuerzas políticas antagonistas que preconizan modelos de sociedad con evidentes, naturales y hasta lógicas diferencias. Incurriríamos en el más absurdo de los autoengaños si pretendiéramos que los dos principales partidos del país, a los que la inmensa mayoría de los ciudadanos otorga sus votos por la conexión que unos y otros guardan con sus respectivos postulados, fueran de la mano dejando al margen la crítica, exigible en cualquier sistema democrático. La contienda política es necesaria, hasta saludable para la musculatura del propio Estado. La discrepancia alimenta la participación de los administrados y es la mejor terapia contra el borreguismo ideologizante. Y hay un marco natural en el que ejercerla: el Parlamento. Sin embargo, se atisba cierto cansancio entre esos mismos votantes, testigos mudos pero cada vez más estupefactos ante lo que parece una pelea de bajos fondos entre algunos de los más destacados miembros de esos dos partidos, PSOE y PP. En una situación de crisis como la actual, y aun asumiendo -como se ha dicho- que la relación entre ambos estará casi siempre dominada por el enfrentamiento, los ciudadanos echan de menos un mínimo de sintonía entre quienes, unos desde el Gobierno y otros en la oposición, dirigen este país. Y, sin embargo, socialistas y populares parecen más empeñados en la reyerta de callejón antes que en el cada vez más necesario debate político que culmine con un consenso en los asuntos que, en la actualidad, preocupan verdaderamente a los españoles. Pero no: PSOE y PP -éste acusa ahora a todo el aparato de Interior de espionaje a varios de sus cargos- están dedicados desde hace tiempo a empachar a los españoles con una gresca dominada por ataques a la yugular del adversario. Y no son precisamente sicarios segundones quienes se afanan en la bronca, son algunos de los primeros espadas los que copan el frente de esta guerra sin cuartel donde los únicos perjudicados son los ciudadanos que al menos esperan no recibir, según el argot militar, daños colaterales.

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