La tribuna

óscar éimil

Poderes fácticos

AUNQUE su origen remoto hay que buscarlo en los cortesanos del Antiguo Régimen, el concepto moderno de lobby, poder fáctico o grupo de presión aparece como tal durante el siglo XIX, para hacer referencia a las actividades de influencia que con frecuencia desarrollaban ciertas personas sobre los diputados ingleses en el lobby -vestíbulo- de la Cámara de los Comunes. Hoy en día, en el mundo anglosajón, y muy especialmente en los Estados Unidos, es una actividad reconocida y fuertemente regulada en la Honest Leadearship and Open Government Act de 2007 que, entre otras cosas, establece en el Congreso un registro público para estas actividades en el que figuraban inscritos en 2014 nada menos que 12.281 lobistas, con alrededor de 100.000 empleos en el sector y más de 9.000 millones de facturación anual.

En Europa, desde el Libro verde aprobado por la Comisión Europea en 2006, todos los países se preparan para poner en marcha la legislación que regule el ejercicio de esta actividad, que no es otra que el conjunto de iniciativas destinadas a llamar la atención de los poderes públicos sobre asuntos que son importantes para un sector determinado, al objeto de mejorar la posición relativa que dicho sector ocupa frente a otros en nuestra sociedad.

Pues bien, mientras que esta actividad legítima no se regule a nivel estatal, los poderes fácticos campan a sus anchas en nuestro país, correspondiendo al Gobierno de la nación y a la mayoría parlamentaria que lo sustenta modular sus intereses para que, en ningún caso, puedan prevalecer sobre el interés general. Por eso, cuando concluye la acción de un Gobierno, conviene mucho analizar la política que ha desarrollado desde esta perspectiva, que no es otra que la de la independencia de su gestión frente a los grupos de presión, a fin de preservar el bien común.

En este sentido, creo que no hay que hacer más que un somero repaso de lo acontecido en los últimos cuatro años para afirmar que la práctica ha venido a confirmar lo que se había venido diciendo desde siempre del Presidente: que es persona independiente, de los que no se casa con nadie y, menos aún, con los poderosos.

Así, comprobamos que los bancos, en la legislatura pasada, se han visto sometidos a una rigurosísima reglamentación que incluye, entre otras cosas, cuantiosas provisiones periódicas que han de desembolsar, importantes limitaciones en las retribuciones de sus equipos directivos y numerosas restricciones en sus relaciones contractuales con los particulares; que las eléctricas han visto sus rendimientos enormemente disminuidos por la eliminación del déficit de tarifa que han tenido que asumir en su práctica totalidad; que las empresas de renovables han visto reducida la rentabilidad estratosférica que les había regalado ZP por una más razonable que se coloca en el entorno de la tercera parte de aquella; que la Iglesia ha perdido el derecho que antes tenía para inmatricular bienes a su nombre en el Registro de la Propiedad sin acreditar su propiedad; que los mercados, aunque lo intentaron, no pudieron someter a España a los términos de un rescate que habría ocasionado una catástrofe nacional; que las grandes empresas constructoras han visto reducida su cifra de negocio público a la mitad desde 2011; que el mundo de la cultura, por mucho que ha presionado, no ha conseguido algo que a todos nos gustaría: pagar menos impuestos de los que pagan los demás; que las grandes fortunas han visto como se acababa el régimen de opacidad de los dineros guardados en el extranjero, con lo que, a partir de ahora, 130.000 millones más estarán sujetos todos los años a tributación; que ni los sindicatos ni los empresarios, aunque lo intentaron, consiguieron imponer al Gobierno sus puntos de vista en una reforma laboral que se quedó a medio camino entre los intereses de unos y de otros; y que artistas, comunicadores y celebrities en general no se han visto para nada exonerados del cumplimiento de sus obligaciones fiscales, lo que explicaría la manera de comportarse de algunos de ellos.

Por todo esto, resulta muy tranquilizador que a Rajoy, que ha pisado todos los callos menos los del interés general, le lluevan palos inmisericordes por todos lados -también por el de unos medios de comunicación con los que nunca se ha casado- y constituye, sin embargo, motivo de preocupación que otros recién llegados no solo tengan barra libre de financiación, sino que parezcan -con mucho descaro, por cierto- la niña de los ojos de los más poderosos, esos que siempre han tenido muy en cuenta el viejo aforismo romano del do ut des -te doy para que me des-.

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