Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Puesta en escena

LA coincidencia del primer gobierno no nacionalista con el asesinato del inspector Eduardo Puelles ha puesto en evidencia los trucos de la puesta en escena que, durante treinta años, ha empleado el PNV para "atemperar" los sentimientos de los vascos ante el golpe atroz de cada zarpazo terrorista. El PNV ha condenado la violencia, ha sido duro frente a los actos sanguinarios de ETA, pero al mismo tiempo sus directores de escena cuidaban de que el impacto bestial de cada muerte no tuviera el mismo efecto feroz que el asesinato en sí mismo. Era necesario un cedazo casi invisible que moderara y contuviera la consternación. Por ejemplo, al terminar las manifestaciones de condena no se dejaba hablar a las viudas, estaba prohibido abrir el micrófono a la emoción sincera y desordenada de las víctimas directas, dejar que el sentimiento en bruto, caótico, del dolor de los deudos calara los ánimos de los manifestantes por encima de cierta línea de contención establecida por los organizadores de las marchas.

Lo explicaba ayer un dirigente del PNV en el diario El País: "En esas circunstancias no se puede dejar el discurso a la viuda. Fue una situación durísima. La mujer lo mezcló todo. Hizo referencias muy duras a las familias de los presos. Supongo que estaría sedada a tope. Eso lo tienen que cuidar. Es mejor que las viudas no hablen". Las viudas, en plural, como si fuera un colectivo desgraciado pero inevitable de la acción de los terroristas, es ya de por sí un invento tétrico, como si formaran parte de la acción igual que el coro en las tragedias griegas: puro teatro. Los asesinos, los portavoces, los muertos, los hijos y las viudas. Que las viudas no hablen. Que lo hagan en su nombre los políticos nacionalistas que, "con treinta años de experiencia", han conseguido fijar el tono dramático pero no lacerante con que hay que despreciar la violencia, pero sin llegar al extremo de crispar a los asesinos y a sus simpatizantes.

Las viudas en silencio; las consignas de las manifestaciones, contenidas; las palabras, justas; el furor, discreto; la temperatura de la gente, que no sobrepase los 36 y medio; el dolor, en el fiel de la balanza; la inconsciencia, en el cociente... Los discursos políticos, sin épica. Dicen esos dirigentes del PNV que han estado atentos al estreno de Patxi López en su primer funeral, como si fuera una especie de puesta de luto que antes o después (y en mayor o menor medida) tienen que abordar los lehendakaris para demostrar su sentido del equilibrio y, en cierto modo, de la morigeración, para hacerse hombres de Estado y poner a prueba su templanza, su moderación, su sensatez nacionalista.

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