La tribuna

David Florido Del Corral

Regalos, economía, poder

EL regalo, bajo el título de don, es un concepto básico en la tradición de la antropología económica (Malinowski), así como ha sido objeto de reflexión de importantes sociólogos (Mauss) e historiadores de la economía (Polanyi). La razón de ello estriba en que el don, intercambio de bienes y servicios que entran en un permanente circuito de dar-recibir-devolver, ha servido como infraestructura básica de sistemas sociales en diversos períodos y lugares. Se puede rastrear en sociedades tribales, pero también en economías nobiliarias y, en general, en todas las basadas en el prestigio antes que en la acumulación de beneficios (económicos) y en las relaciones impersonales de intercambio reguladas en un mercado (abstracto), lo propio entre nosotros.

Para la mentalidad occidental, forjada en instituciones como el individuo, el utilitarismo, la maximización, el lucro como fin económico, los derechos individuales de la persona, etcétera, no deja de ser sorprendente la ubicuidad y la fuerza simbólica y política de los regalos en aquellas sociedades: vínculos sociales que se mantenían durante generaciones y que traspasaban territorios; obligación de respuesta y aun de mejora en los intercambios; hospitalidad; sentimientos de deuda insaciables; objetos aparentemente sin valor útil que circulaban eternamente porque se consideraban inalienables respecto de sus poseedores originales; pactos políticos, relaciones con la divinidad… Ahí estaba la poliédrica función del don en las sociedades que imaginamos en nuestro pasado y en nuestra otredad cultural.

Se pudo constatar que en la lógica del don no sólo circulaban objetos, sino, en esencia, estatus personales, prestigio, equilibrios sociales. El don estaba estrechamente unido a la trabazón de relaciones sociales: unas horizontales, más igualitarias, otras verticales, jerárquicas. Había que intercambiar para situarse, dar para mantener, y las posiciones de los sujetos en la trama establecían qué intercambios eran los adecuados en cada caso, como se han esforzado en mostrar Marcel Mauss en su Ensayo sobre el don, de 1925, o Maurice Godelier en el elocuente título El enigma del don (1996).

Cuando se inició el proceso de modernización, instituciones como las del don, ya en regresión, formaban parte de los lastres y amortizaciones que debían de ser liberadas por la nueva utopía económica y política, el liberalismo. Como bien supo discernir Max Weber, en el nuevo proyecto cultural, el individuo habría de transcender las obligaciones grupales y generacionales; la relación política habría de pasar de la personalización a la impersonalidad y la racionalidad supuestamente objetiva de la burocracia y el derecho gobernaría los asuntos colectivos, garantizando la igualdad, en abstracto, de oportunidades; la economía habría de erigirse en ciencia y práctica autónoma, igualmente liberada, de las tensiones sociales y políticas, en particular del Estado, y de los significados morales que habían lastrado históricamente, hasta oscurecerlos, los principios universales (y eternos) de la razón humana, expresable matemáticamente. Lo que había sido moral, normativo, lógico hasta ese momento, aquella urdimbre de dones y contraprestaciones en el círculo doméstico, en las relaciones entre tribus y naciones, o en el círculo de contraprestaciones que caracterizaba, verbigracia, el sistema señorial europeo, todo aquello, se convirtió en irracional. El nuevo modelo parecía el negativo del que se desvanecía.

Pero, ay, del mismo modo que determinados resortes de la vieja política permanecieron en los Estados burocráticos modernos, o que en el ámbito académico y científico ha subsistido acomodada la tradición y la costumbre, instituciones como el don se han mantenido en la sociedad moderna, instaurando o cristalizando relaciones diversas, como las que pueden vincular a empresarios y políticos, los atlantes del modelo moderno. La tipificación penal del cohecho no es más que un indicio de su existencia en los pliegues de la cosa pública. Si el concepto de don remite a la ausencia de cálculo en su instauración -como todavía podemos apreciar en los regalos que hacemos circular en los entornos marcados por la afectividad y la entrega altruista-, cuando se complica con relaciones de poder de alto fuste, el regalo puede resucitar con toda su fuerza histórica transfigurada: pone en juego estatus, recompone favores, por acción u omisión, que han generado un sentido de deuda. Viene a reequilibrar fugas vergonzantes, sobre todo de ascendencia, de influjo, de información, de dinero. Habituados como estamos a poner precio a los bienes que se intercambian, y a pensar que las relaciones de intercambio, políticas o económicas, han de ser impersonales, los regalos personalizados circulando por canales ocultos revientan las costuras de nuestro modelo socio-económico y político. A un penalista le puede valer con calibrar el precio-valor del bien para castigar el carácter punible de un regalo, pero la esencia social de la interacción es independiente del precio: lo fundamental es la urdimbre que sirve de soporte al regalo, el tejido social que compone su contexto, el vínculo social que se pone en juego.

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