Desde mi córner

Luis Carlos Peris

Sampaoli, con buenos antecedentes

CON unos tatuajes en el brazo de Monchi podrían pasar por mellizos. Hasta esa vestimenta con camiseta de prenda estelar es similar junto a la estética de mucho gimnasio y nula peluquería hace que Monchi y Sampaoli parezcan cuñas de la misma madera. Y si el balance del argentino se acerca al de Ramón, pues ya puede el Sevilla ir programando celebraciones con autocar descubierto y sin que falte una Salve en la Catedral.

Si la memoria no me falla, el santafecino es el quinto argentino que se sienta en el banquillo de la derecha del Pizjuán según se sale de vestidores. Y sí afirmo sin temor a equivocarme que con los anteriores no le fue mal al Sevilla. Muy bien con Helenio Herrera y Roque Olsen y con claroscuros con el tercero, el rosarino Vicente Cantatore Socci, que cuajó una 89-90 enorme para, mediante los goles de Toni Polster, devolver al equipo a una Europa que no pisaba desde Cardo.

Luego, a la siguiente campaña, llegaron unos desencuentros que le jugaron muy en contra a ambos, al Sevilla y a Cantatore. El camisetazo de Polster tras relevarlo en Atocha fue una herida cerrada en falso que culminaría con un adiós de mutuo acuerdo cuando quedaba un contrato en vigor. Salieron entrenador y futbolista en una de las decisiones que menos trabajo le costó tomar a un Luis Cuervas deseoso de fichar a un Víctor Espárrago que nunca terminó de orientarse.

Y en plenos fastos del 92, Carlos Bilardo. El Narigón, con Simeone de brazo alargado en el campo y Maradona de estrella apagada, se quedó fuera de Europa in extremis, pero dejó grabado indeleblemente un sentido de la competitividad que, años después, recuperó Caparrós para bien de un Sevilla que está donde está porque dicen que nunca se rinde. Con esos antecedentes, Sampaoli está ante el reto de no estropear lo que funciona. Y eso no es tan fácil como parece.

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