la tribuna económica

Gumersindo / Ruiz /

Santos y pecadores

EL acontecimiento de la semana ha sido la investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Málaga de José Manuel González-Páramo, miembro del Comité Ejecutivo del Banco Central Europeo. Su estrecha relación con Andalucía, antes y después de su nombramiento en 2004 para llevar la política del Banco en el período más dramático de su corta historia, ha propiciado que con frecuencia, en la Universidad y en foros empresariales, nos haya transmitido con claridad lo que estaba ocurriendo. Como muestra tenemos la extensa entrevista que le hizo Ignacio Martínez hace un año, por la que supimos de primera mano cómo el mundo había estado al borde del colapso ante la primera crisis de la deuda pública de Grecia. Y también conocimos la voluntad del Banco de no dejar que los problemas se magnificaran por los mercados, poniendo en peligro el sistema. Fue entonces cuando España tomó las medidas más drásticas para hacer frente a una crisis financiera a la que el profesor González-Páramo se refiere como "un enemigo sin rostro, inmaterial, devastador".

Su discurso se abrió con una confesión: el reconocimiento de que todo falló, lo público y lo privado, fallaron los supervisores bancarios, los bancos centrales, los gobiernos; también las entidades financieras y las empresas. Los inversores institucionales y particulares tomaron decisiones sobre compras de bonos, acciones e inmuebles, que sin el velo pintado por la codicia debería haberse visto que eran excesivamente arriesgadas, sobre todo si además se incurría en un fuerte endeudamiento.

Explicó que las medidas adoptadas -más o menos acertadas, más o menos rápidas- marcan una diferencia con la gran crisis de 1929, pues ahora ha quedado clara la voluntad de actuar, tanto en política monetaria y fiscal, como por reformar la economía. La consecuencia terrible de la crisis es el paro, por el impacto que tuvo inicialmente la pérdida de valor de los activos, el retraimiento del consumo y de la inversión, y las malas expectativas generadas. Sin embargo, en su discurso brillante y profundo, en el que se refirió a los mercados de producto y vivienda, y al equilibrio de las cuentas públicas (condición necesaria pero no suficiente), quizás puso demasiado énfasis en el mercado de trabajo. Su funcionamiento y las condiciones de negociación laboral juegan hoy un papel menor sobre la demanda de empleo por la empresa, si se compara con las ineficiencias surgidas en los mercados de productos y el financiero. Esto es así sobre todo en la producción inmobiliaria, sobre la que el propio Banco Central en su Boletín de mayo dice que: "la recesión mundial y europea fue provocada por la desaceleración en el mercado de vivienda de Estados Unidos" (podría añadirse, entre nosotros, España y Andalucía). No cabe duda que su auge y caída creo y destruyó empleo con una intensidad y rapidez que aún hoy no hemos asimilado.

Sea como sea, es gratificante que la discusión sobre la crisis encuentre eco en el ámbito universitario, en un acto lleno de tradición y simbolismo, en torno a una personalidad de la dimensión intelectual, profesional y humana del profesor José Manuel González-Páramo.

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