Por montera

Mariló Montero

¡Suerte y al velcro, maestro!

HABÍA oído hablar de ello. Incluso, el maestro Pablo Hermoso de Mendoza compartió conmigo su experiencia en la lidia californiana de toros con velcro. Ver una escena de esas corridas, llamadas "incruentas", me labró una primera opinión.

Para quienes la fiesta de los toros es una expresión del carácter español, lleno de raza, bravura, pasión, valor, seducción, brillo, belleza, liturgia, arte, emoción… resulta espinoso asumir la mutación de nuestra fiesta protegida por velcros, banderillas de papel y cuernos forrados. El atuendo que se le adhiere al astado para estas corridas sin sangre convierte a un animal imponente, cuyo bufido rezuma peligro excitante, a vida o muerte, en un excéntrico y humilde vertebrado. Sólo con imaginarnos la operación que se ha de llevar a cabo para poder pegar al lomo del toro un pedazo de velcro negro hace que los previos parezcan ridículos. La pieza de velcro que cubre casi medio espaldar atolla la cimbreante belleza de color azabache que se despeja bajo el huracán de arena del que se desnuda el toro al embestir en el ruedo. El velcro hace así mismo impracticable la vibrante tonicidad de las carnes a ritmo de trote. La ley americana impide que corra la sangre de un toro en un ruedo, como también la de los caballos o los toreros, de ahí que los cuernos sean forrados tapando la boca a aquellos excitados versos: "Pasa el toro y a su paso no se sabe en qué pitón va la gloria o el fracaso".

Para los apasionados de la fiesta, la conversión a la americana enmudece cualquier pasodoble.

En Estados Unidos resurge una pasión por las corridas de toros que nos sorprende. Adoran la fiesta, que rebosa masculinidad y virilidad. Buscan en ella todo lo que nosotros sentimos. Ganaderos españoles ya clonan toros de lidia allí, maestros como Pablo Hermoso de Mendoza, Morante de la Puebla, el Fandi, Francisco Rivera o Cayetano Rivera han hecho sonar clarines y timbales en la Gran Manzana. El interés que despierta la fiesta en Nueva York quedó demostrado después de que la CBS, consciente de la fascinación del público, emitiera un documental sobre los maestros Rivera Ordóñez, The Blood Brothers (Hermanos de sangre), cuya audiencia alcanzó los diecisiete millones de espectadores.

Una respuesta del rejoneador estellés hizo que cambiara mi concepto de estas corridas, que aquí no tendrían sentido. Abrir mercado y acercar la fiesta a miles de aficionados que se tienen que conformar con esa lidia mutada, que padecen el sacrificio emocional al que somete la emigración. También en la distancia el jamón Navidul sabe a gloria a falta del pata negra. Son los sacrificios de los colonos por los que se somete a esta vicisitud una cultura admirable pero sujeta a las leyes extranjeras y que, pese a ello, sobrevive. Así que, maestros: ¡suerte y al velcro!

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