El poliedro

Villa,por favor...

Los españoles dedicamos a vivienda y alimentación el 55% de la renta, por detrás de polacos, rumanos o búlgaros

No hay mejor noticia que una mala noticia". Este cínico aforismo fue acuñado por el magnate de la prensa William Randolph Hearst hace años. En ese sentido, podemos jugar a decir que las noticias son desde hace algo menos de un año buenísimas. Particularmente, las económicas. Un sondeo aficionado realizado esta semana en las secciones especializadas en esta materia en la prensa local y nacional nos da como resultado que, aparte de los reportajes de empresas con buenos propósitos y proyectos, sólo algunos síntomas de poderío del sector industrial dan pie a afirmar aquello de que no hay mal que por bien no venga. El resto es oscuridad y nubarrones.

Resurge de sus cenizas la palabra estanflación. Quienes se resisten todavía por pudor al palabro deben saber que se trata de un clásico económico, lo que pasa es que la situación estancamiento con inflación y paro -en silla de ruedas y con gripe- hace años que no se da, y por eso estaba cogiendo polvo en el desván. El Instituto de Estudios Económicos, sin embargo, no se resiste: afirma que estamos ya en ese cuadro clínico. Por su parte, la banca frena su venta de créditos y se concentra en la eficiencia en el uso de recursos (cierres de sucursales en verano, planes de adelgazamiento de plantilla), y en el impago, la morosidad y su cobro. El ejecutivo del BBVA asesinado esta semana en Sevilla se dedicaba a esto último.

Muchas empresas reducen presupuestos a la vista de la marcha del ejercicio, y no pocas descuentan el estancamiento o, si queremos, la crisis, con expedientes de regulación de empleo. Mientras los agricultores, recogiendo el testigo de los transportistas, tiran toneladas de fruta en sus protestas, los precios al consumo doméstico causan una histérica risa floja, y hacer la caravana de fin de semana a la playa con ese diésel que es un mecherito resulta prácticamente el doble de caro que el año pasado. Sin embargo, afrontamos el verano de la crisis como si fuera el último: no reparamos en gastos de veraneo, y muchos menos en comer. De hecho, gastamos en comida más que nadie en la eurozona, quitando a los italianos. Yo, en este sentido, me conformaría con que los "fratelli d'Italia" (bellísimo himno, Giovinezza, qué envidia) no se nos volvieran a merendar mañana en la Eurocopa. Prestigiosos intelectuales sostienen, creo que con razón, que otra derrota en cuartos tras sacar pecho en la fase de grupo puede tener un insospechado efecto realimentador de la crisis (que lo es): Villa, por favor.

Pero volvamos a las cosas de comer, que con ellas no se juega. Según los datos últimos de Eurostat, los españoles, subcampeones del supermercado, dedicamos a alimentación y a la vivienda más de la mitad de nuestros ingresos (el 55,3%). Dado que los salarios no han crecido ni de lejos en la misma medida, la proporción de bolsillo que dedicamos al sustento fisiológico y al dulce hogar crece: los porcentajes son así de sintéticos y objetivos. Pero la cosa tiene truco, como es fácil descubrir. Entre los que menos gastan en comer están los más ricos (suecos, por ejemplo), no tanto porque su carrito vaya menos lleno o con productos de peor calidad, sino porque son más ricos precisamente, y la parte de su renta dedicada a pitanza es proporcionalmente menor. De hecho, si en vez de la eurozona consideramos toda la UE-27, hay quienes nos ganan de largo: polacos, rumanos o búlgaros.

Hay otros datos de interés en el estudio. Por ejemplo, somos bastante campeones en bares, cafés y restaurantes (casi un 10% de la renta invertido en nuestra vida de calle). No hacía falta Eurostat para este hallazgo, pero podríamos aventurar una hipótesis relacionando esto último con el consumo de bebidas alcohólicas: en esto somos bastante más moderados que otros europeos. Nosotros bebemos en la calle y acompañados; ellos beben duramente, solitos y en casa. Mucho peor… ¡A comernos a Italia, glups!

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